¿Cuál es el futuro de las distribuidoras de libros en el Brasil?

 

José Henrique Guimarães

El negocio mayorista y la distribución de libros en el Brasil están pasando por una crisis histórica que supera la actual crisis económica brasileña. Son múltiples los factores endógenos y, a mi modo de ver, entre los principales se encuentran: el estancamiento del mercado de libros en el Brasil y en el mundo en las últimas décadas y la transferencia de las ventas minoristas a grandes redes de librerías y al comercio electrónico.

Sin embargo, la buena noticia es que en los Estados Unidos y en Europa el sector está pasando por un buen momento, gracias a la diversificación de servicios y categorías de productos en un mismo ámbito operacional, tales como: prestación de servicios logísticos, impresión bajo demanda, venta de libros electrónicos y audiolibros, música, regalos y papelería, entre otros.

Adicionalmente, allí el sector pasa por un importante movimiento de consolidación de mercado. Basta observar los ejemplos de los dos principales mayoristas americanos (Ingram y Baker&Taylor), que en los últimos años expandieron sus negocios de forma inorgánica, adquiriendo empresas que no solo generaron ganancias de escala, sino que agregaron nuevos canales, servicios y competencias. Las dos empresas juntas facturan hoy aproximadamente $5 mil millones de dólares, el equivalente a $16,5 mil millones de reales. Esto es una buena franja del mercado americano, cuyas ventas minoristas alcanzaron la cifra de $14,3 mil millones de dólares en el 2016. Solo a modo de comparación, el valor facturado por las dos empresas equivale a aproximadamente tres veces la facturación de las editoriales brasileñas juntas.

En 2016, Ingram adquirió la división de distribución del grupo Perseus, y su gran rival Baker &Taylor compró Bookmaster, una importante distribuidora con fuerte presencia en el negocio de la impresión bajo demanda (POD) e impresión de bajos tirajes. España pasa por movimientos parecidos. Por ahora, la principal sinergia entre las empresas allí es la cobertura geográfica, de la cual surge la figura de grandes mayoristas nacionales, en un país en donde la tradición de distribuidores regionales es grande. Es el caso de la reciente fusión entre los grupos Azeta y Unyban.

Pero, ¿por qué razón las distribuidoras en todo el mundo no están sufriendo tanto como las grandes redes de librerías? Arriba se expuso parcialmente la respuesta, esto es, la diversificación de servicios y la consolidación.

Pero eso no es todo. Hay otra razón que afecta la microeconomía del negocio: el distribuidor, comparado con el minorista, para crecer o fundirse con otras empresas no replica costos fijos en la misma proporción. En una visión simplificada de esta matemática, para que una red de librerías físicas duplique sus ventas necesita duplicar el número de almacenes y los costos fijos adicionales, tales como alquiler, funcionarios e infraestructura.

Para el distribuidor es posible hacer un movimiento de expansión sin el mismo impacto en costos fijos. Aún más considerando el mayor acceso que hay hoy a tecnologías aplicadas, tales como: WMS (Warehouse Management System)[1], intercambio electrónico de documentos (Electronic Data Interchange, EDI), metadatos, comercio electrónico B2B (business to business) y marketing digital. Esto hace que, por ejemplo, sea posible pensar en márgenes netas (EBIT)[2] de dos dígitos, que es el promedio del sector mayorista americano en general.

Sin embargo, antes de avanzar creo que es necesario aclarar la diferencia entre un distribuidor y un mayorista, aún no muy clara aquí en el Brasil.

El distribuidor actúa como una solución completa para las editoriales, normalmente de pequeño y mediano porte, que no pretenden o no se sienten capaces de invertir más allá de la producción de contenidos e impresión. De esta manera, se encarga del almacenamiento, ventas, marketing digital, producción de catálogos temáticos (normalmente mezclando el acervo de varias editoriales), de manera que consolida el trabajo de ventas y logística, garantizando el suministro de los productos editoriales en los almacenes y en el mercado, en su totalidad.

Por otro lado, el mayorista trabaja con mayor enfoque en el punto de venta y en las bibliotecas, garantizando un amplio surtido de productos disponibles en el mercado para sus clientes, entre los que se cuentan librerías, bibliotecas y empresas.

Según la investigación Producción y ventas del sector editorial brasileño (FIPE, CBL y SNEL), los distribuidores representan el 20% de las ventas de las editoriales en el Brasil. Pero, ¿cuál sería entonces el motivo de la crisis por la cual pasan los distribuidores en el Brasil?

 

  1. Las editoriales brasileñas de pequeño y mediano porte, a diferencia de las estadounidenses y europeas, a lo largo del tiempo asumieron la distribución de sus propios libros, constituyendo logística propia o tercerizada (una minoría) y equipos de ventas. De esta manera, la mayoría de los distribuidores se volvió mayorista, conforme la definición presentada arriba.

 

  1. Debido al tamaño del mercado brasileño, el volumen comercializado por los distribuidores y mayoristas no es significativo al punto de generar una economía de escala y la remuneración pagada por las editoriales en forma de descuento es inferior al promedio del mercado mundial que varía entre 60 y el 70% para los distribuidores. Estos por su parte le distribuyen a los mayoristas y demás canales con diferentes descuentos.

 

  1. El gran atraso tecnológico del Brasil en términos de definición de estándares para metadatos y el intercambio electrónico de datos, lo cual haría posible una mayor integración de la cadena, productividad y un mejor suministro, con aumento de la oferta de productos y consecuente reducción de la ruptura.

 

  1. La presencia casi exclusiva de empresas nacionales y familiares.

 

  1. La disminución continua de las utilidades, mencionada en el párrafo inicial.

 

Haciendo un análisis de algunos de los principales distribuidores nacionales como Acaiaca, Boa Viagem, BookPartners, Catavento, Curitiba, Disal, Inovação, Loyola y A Página, se percibe nítidamente entre ellos una complementariedad en términos de segmentación de canal, categorías de productos y servicios y región. Pero eso no es todo: también hay complementariedad en el campo de la tecnología aplicada y formación de capital.

Tal complementariedad puede ser un importante incentivo para un necesario movimiento de consolidación entre estas empresas. Por ejemplo, en términos de segmentación geográfica, se identifica una presencia notable de Boa Viagem, Curitiba y A Página en sus respectivas regiones.

En términos de segmentación por línea de productos, Disal aparece dominando la comercialización de libros didácticos en el área de enseñanza de lenguas como segunda lengua, así como la Distribuidora Loyola, con libros religiosos.

En cuanto a la diversificación de servicios y de tecnología aplicada, destaca Acaiaca que, además de distribuidora, opera en el sector de logística como prestadora de servicios y actúa como una plataforma de distribución de libros electrónicos.

Cuando se trata de canal, Catavento se destaca en los canales de supermercados y puntos alternativos y la Distribuidora Inovação en la atención a bibliotecas.

BookPartners, por otro lado, es pionera en movimientos en el sentido de la consolidación de mercado, verticalización para el minorista y diversificación de servicios como el de impresión bajo demanda.

Pero, ¿cómo promover alianzas entre empresas tan complementarias entre sí, considerando que es un movimiento aparentemente tan lógico, pero que en la práctica no resulta tan simple, por tratarse de pequeñas y medianas empresas familiares con poca experiencia en alianzas estratégicas y baja gobernanza corporativa, en general?

Un posible camino, en mi opinión, sería empezar por pequeñas alianzas estratégicas en torno a nuevos servicios, como impresiones bajo demanda o prestación de servicios logísticos, exponiendo una pequeña parte del negocio y progresivamente incluyendo otros frentes de negocio.

Una vez perfeccionado el modelo, esta nueva fuerza empresarial establecida podría observar el mercado en búsqueda de oportunidades de adquisición para su expansión y con el tiempo certificarse para buscar apoyo en el mercado de capitales y alianzas internacionales.

En otras palabras, empezar la asociación con un pequeño negocio, con una nueva persona jurídica de forma cooperada, ayudaría a fomentar internamente entre los socios una cultura de alianza estratégica y se obtendría confianza para avanzar en ella.

La experiencia internacional indica que, a diferencia de lo que dice el “sentido común”, existen oportunidades que permiten que el papel de las distribuidoras en la cadena del libro aumente en términos de relevancia (y en facturación y rentabilidad también). En este contexto, la principal pregunta que debemos hacernos no es “si”, sino ¿hasta cuándo (nosotros los distribuidores) permaneceremos cada cual en su lugar?

Artículo publicado originalmente en portugués en PublishNews.

 

[1] Es un sistema de información que da soporte a la gestión logística dentro de los almacenes. Permite controlar el movimiento de los materiales almacenados y las transacciones asociadas, incluyendo envío, recepción, existencias, etc.

[2] Acrónimo en inglés de Earnings Before Interest and Taxes, en español BAII: beneficio antes de intereses e impuestos. Se trata de indicador anual que muestra la eficiencia operativa de las empresas y la capacidad de sus activos para generar rentas.

Crucemos nuestras miradas: IV Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas “Otra Mirada”, FilBo, 18, 19 y 20 de abril de 2018

 

Ana Cañellas Haurie y Paco Goyanes Martínez

En el año 2011, coincidiendo con el décimo aniversario de los Premios Cálamo, tuvimos la temeridad —pero también el don de la oportunidad— de convocar y organizar el Primer Encuentro “Otra Mirada” en Zaragoza (España), la ciudad en la que vivimos y en la que somos libreros desde hace 35 años. En esas fechas, a pesar de la crisis económica mundial —y a consecuencia de ella — el mundo del libro estaba sufriendo transformaciones de enorme magnitud que siguen en la actualidad: digitalización, abaratamiento de los costes de edición, redes sociales, pérdida de poder de los “prescriptores” tradicionales, aparición de nuevas y gigantescas empresas logísticas, comercio electrónico, acelerado y brutal proceso de concentración empresarial, globalización de los mercados y del “gusto” literario, etc.

 

Tecnología y globalización, dos palabras que generaban —y generan aún— miedo e incertidumbre entre editores y libreros independientes de ambos lados del Atlántico, pero que también han propiciado de manera un tanto paradójica la continua aparición de nuevas librerías y editoriales. Nunca el sector “independiente” ha sido tan rico y diverso en el área iberoamericana como en el momento presente.

La primera dificultad que nos encontramos fue comprender con claridad el término “independiente”, ya que sorprendentemente no se “percibía” igual en España, México, Argentina o Centroamérica. Mientras que en algunos países su significado era ante todo económico y cultural en otros tenía una carga más ideológica y política. Optamos por el pragmatismo y por la combinación ponderada de los cuatro contenidos, conscientes de que las realidades de los diferentes países no son las mismas. No somos quienes para otorgar o quitar la medalla de la “independencia”. La realidad se impone: existe en toda Iberoamérica un amplio tejido de pequeñas y medianas empresas con personalidad propia, muchas de ellas con visión cultural y social, que enriquecen y dan vida a los diferentes sectores editoriales. Los actores del libro independiente nos reconocemos unos a otros, compartimos esperanzas, éxitos, proyectos, pero también problemas, dificultades y, algunas veces, alguna que otra miseria.

A los dos, visitantes asiduos tanto de la Feria de Frankfurt como de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, nos sorprendía la diversidad y riqueza de la edición independiente tanto como la escasez de foros amplios y abiertos en los que sus diferentes actores pudieran conocerse e intercambiar experiencias.

Amén de temeridad, teníamos una cierta capacidad organizativa fruto de nuestras diferentes carreras profesionales, un conocimiento bastante profundo del sector editorial, una amplia red de relaciones profesionales y personales, mucha curiosidad, ganas de aprender, el convencimiento de la necesidad de un encuentro profesional del sector independiente, muchas ganas de complicarnos la vida y la simpatía que generaba nuestro trabajo en Cálamo, una librería veterana y apreciada de tamaño pequeño/mediano, que no era ni por asomo una empresa dominante, ubicada además en una ciudad no especialmente relevante para el mundo editorial.

Así, del 24 al 26 de febrero del 2011, en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza se celebró el primer Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas “Otra Mirada” y así comenzó la pequeña pero hermosa historia —al menos para nosotros— de un evento profesional cuyos objetivos han sido y son:

  • Favorecer el diálogo entre libreros, editores y distribuidores del área iberoamericana.
  • Propiciar la colaboración entre los diferentes profesionales del mundo de libro y el intercambio de experiencias.
  • Impulsar la circulación del libro independiente a ambos lados del Atlántico.
  • Analizar el presente y futuro de la edición independiente, así como su distribución y comercialización.
  • Ayudar al conocimiento público y mediático de la labor de las editoriales y librerías independientes.
  • Crear conocimiento colectivo entre los referentes de la edición independiente iberoamericana.

Zaragoza en el 2011, Guadalajara en el 2012, Guatemala en el 2017, este último organizado junto a nuestros queridos colegas de la librería Sophos de Ciudad de Guatemala, han sido los escenarios de un proyecto en marcha que ha generado debates de gran calado y que ha tenido una influencia notoria en toda el área iberoamericana. Lo decimos ciertamente con orgullo, pero también con enorme responsabilidad.

La IV edición del Encuentro de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas “Otra Mirada” se celebrará este año del 18 al 20 de abril en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, organizada por Librerías Cálamo, Acción Cultural Española/ACE y FilBo, con la colaboración del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y El Caribe (Cerlalc) y del Gobierno de Aragón.

Su programa continúa las líneas conceptuales de las anteriores ediciones y va a ser una ocasión para seguir cruzando nuestras miradas, esas “Otras miradas” que son la riqueza del cada vez mayor sector de la edición independiente iberoamericana.

 

¡Nos vemos en la Filbo de Bogotá!

Programa e inscripciones: https://feriadellibro.com/?d=sub&s=2094&p=13365&i=1

 

¡Mirar el pasado, pensar e intervenir el presente, planificar el futuro! Parte 1

 

Por: José Castilho Marques Neto

La virtud de la prudencia es necesaria para los buenos gobernantes, según enseñaban los filósofos de la Grecia antigua, principalmente Aristóteles. Y sabemos que para ejercer esa extraordinaria virtud se requiere memoria, inteligencia y visión. Conjugado, este ejercicio se apoya en la visión crítica del pasado, actúa sobre el presente y vislumbra con inteligencia el futuro. ¿Cómo se da esa conjugación en los hombres y mujeres que se dedican al libro y a la lectura?

El mundo del libro, de la lectura y de las bibliotecas pasó los últimos veinte años en continua transformación, o mejor, en incontables tentativas de ser transformado. Algunos cambios importantes se llevaron a cabo y se consolidaron como tendencia efectiva y la mayor parte de ellos pasaron como cometas en el infinito espacio sideral que circunda nuestro pequeño planeta. Lo que varios de nosotros, profesionales del libro y de la lectura, muchas veces no notamos fue hasta qué punto esas tentativas de cambiar el hacer y el distribuir de la centenaria profesión de editor, librero, bibliotecario y, por supuesto, autor/escritor, se basaron en avances tecnológicos pertinentes y otras tantas se nos presentaron por pirotecnias y técnicas de ventas propias de nuestra era de la “sociedad del espectáculo”.

Le pido al posible lector de estas líneas, profesional del sector o investigador del tema, que reflexione rápidamente sobre cuántas propuestas, proyecciones y vaticinios sobre las acciones estructurantes del sector, partiendo de las soluciones para la aparente divergencia insoluble entre el libro impreso y el libro electrónico, se emitieron por centenas de “especialistas” y no duraron siquiera un año. ¿Cuántos artículos, conferencias y mesas redondas fueron realizados en los últimos veinte años, en donde leímos o escuchamos de los más exóticos y proféticos anunciantes que debíamos adoptar sus métodos de producción y ventas, de lo contrario estaríamos destinados al fracaso profesional y al escombro de la historia de la edición, incluyendo todo el proceso autoral y de distribución, inclusive las bibliotecas?

Y en esta maratón de textos y conferencias, ¿cuántos se preocuparon y abordaron con firmeza y convicción la necesidad de que como autores, editores, publishers, distribuidores, libreros, bibliotecarios, debíamos tener como epicentro de nuestro trabajo formar incesantemente nuevos lectores, nuestro principal capital?

Estas reflexiones permanentes de mi labor profesional, que ya llega a cuatro décadas en este 2018, volvieron a la luz para este primer artículo del año, porque recordé con mucha claridad un gran congreso en el que participé en el año 2000: el 26º Congreso de la Unión Internacional de Editores, UIE/IPA. Fue presidido ejecutivamente por mi amiga y editora, en la época presidenta de la Cámara Argentina del Libro, Ana María Cabanellas, apoyada por varios liderazgos internacionales del sector, incluso editores amigos como Alfredo Weiszflog y Alejandro Katz. El Congreso, realizado entre el 1 y 4 de mayo del 2000 en Buenos Aires, fue un divisor de aguas, por lo menos para mí y muchos otros, en un debate que impactó al auditorio lleno de editores provenientes de todas partes del mundo. Todos allí, profesionales con experiencia en grandes, medianas y pequeñas editoriales, llegaban impactados por el ya iniciado proceso de concentración que marcó fuertemente la industria editorial desde finales de los años noventa, e igualmente por las noticias y proyecciones alarmantes sobre la nueva “textualidad electrónica”, para usar el excelente concepto de Roger Chartier.

Volviendo a la idea inicial de este artículo, y releyendo mis anotaciones y parte de los textos distribuidos en el Congreso, constato que también en aquellos días hubo un enfrentamiento entre la virtud de la prudencia y su ausencia. Y dado que considero que como profesionales del libro y de la lectura todavía no logramos retomar esa virtud colectivamente y la mayor parte de las veces seguimos todavía en el ritmo alucinante de los gadgets que se desboronan a la siguiente semana, comentaré aquí algunas cuestiones puntuales que fueron relevantes en el 26º Congreso y que son alertas válidas hasta hoy. Estas cuestiones serán extraídas de los diálogos de algunos conferencistas y establecen puntos de vista y posiciones que permanecen como dicotomías entre los que analizan estrategias para el desarrollo de la industria y la ampliación de los lectores y aquellos que, o buscan solamente vender sus productos o se equivocan al pensar exclusivamente en el corto plazo. Para mí, los primeros son los prudentes y los que mantendrán al libro y la lectura para las futuras generaciones.

Para empezar, entiendo que la virtud de la prudencia estuvo presente para los organizadores del 26º Congreso que llevaron al debate el enfrentamiento entre posiciones dispares, demostrando la voluntad de avanzar en los contenidos. Las “palabras de apertura” de Ana María Cabanellas, además de recordar los objetivos tradicionales de la UIE/IPA ─“libre circulación de los libros; protección del derecho de autor y del editor; promoción de la lectura y libertad de publicar”─ estableció el tono contemporáneo en el cual el mundo editorial hacía su encuentro: la aceleración de la globalización, las reacciones internacionales populares al modelo económico que se agotaba en aquellos años de 1990 y el lugar único del libro para el sector privado en su ambivalencia: ser una mercancía que es, antes que nada, un producto cultural. Pero fue más allá e instó a los líderes empresariales a ser el “puente” entre los gobiernos y el sector privado, para encontrar soluciones y políticas públicas que permitieran superar los obstáculos. La idea de cooperación entre el sector productivo de la industria editorial y los gobiernos interesados en el fomento a la lectura estaba en la agenda y en las bases del encuentro, de acuerdo con las directrices de una de las instituciones internacionales promotoras del Congreso, la UNESCO.

Consideré esa posibilidad de participación de la sociedad en estos programas algo fundamental, contraria al aislamiento que habíamos vivido en toda América Latina hasta mediados de los años ochenta con las dictaduras militares, centralizadoras y evidentemente excluyentes de la participación ciudadana. Los programas y planes nacionales de lectura, elaborados a partir del Año Iberoamericano de la Lectura, fomentado por el CERLALC y la OEI, a partir del 2005, comprobaron la iniciativa de los organizadores del 26º Congreso.

A pesar de las indicaciones prudentes de la UIE/IPA y de los coordinadores del congreso los conferencistas de la industria editorial, tal vez impactados por la realidad que parecía apocalíptica, no lograron avanzar y establecer posiciones estratégicas en aquel momento, o al menos yo no recuerdo y mis anotaciones así lo confirman. Esa visión le correspondió a analistas e intelectuales, lo cual comentaré más adelante, pero fue lamentable constatar que los liderazgos sabían identificar los problemas inmediatos, pero ni siquiera se acercaban a las conclusiones necesarias para entender el periodo histórico y proyectar nuevos rumbos estratégicos con serenidad para su negocio. Un buen retrato de esta situación fue la conferencia de Michael Wilens, respetado profesional y presidente en ese entonces del West Group, The Thomson Corporation (EE. UU.)

Metódicamente, Wilens enumeró todos los retos inmediatos que las editoriales enfrentaban con el nuevo escenario digital: la transformación a corto plazo de nuevos soportes de los textos y la modificación de la forma de trabajar de la industria editorial. En consecuencia, la imposición a largo plazo de modificar fundamentalmente la forma de realizar los productos editoriales. A partir de estos retos, e impactado por la memorable venta de cinco millones de ejemplares virtuales en 48 horas de un libro electrónico de Stephen King, el conferencista enumeró los hechos que marcaron y siguen afectando el hasta entonces modelo tradicional del negocio editorial: hay audiencia para el nuevo formato, pero falta infraestructura para hacerlo global; un producto virtual puede ir dirigido directamente a las redes y eso es potencialmente peligroso, pues prescinde del editor; el recálculo del precio final al consumidor es complejo y genera nuevas perspectivas para la determinación de los precios, incluso la idea de que necesita ser más barato que el libro de tapa dura; la cuestión de la piratería virtual y la facilidad de la reproducción es mucho más activa que la reprografía. Los sistemas de red también crearon las librerías virtuales, ¿tendrá el editor la tentación de vender directamente su producto eliminando las librerías? Wilens argumenta que todo esto, a mediano plazo, “debe modificar la cadena de valores de nuestro proceso (productivo y de negocios)”. Concluye haciendo una declaración de fe: “No creo que los libros, como los conocemos, desaparezcan en un futuro próximo, y podemos extenderlos a través de la tecnología del libro electrónico”. Alertando que no tiene las respuestas, agrega su temor por el futuro, porque las fuerzas destruirán y forzarán la construcción de una nueva cadena de valores y pondrán al acomodado sector en un “lugar diferente”.

Como él, todos los que hablaron por la industria editorial no presentaron respuestas o propuestas que buscaran entender lo nuevo que surgía con las novedades tecnológicas de la textualidad electrónica. En mi opinión, en la época y al día de hoy, más de una vez se veía al lector apenas como un consumidor y no como un ser humano que busca en la lectura muchos significados y necesidades. La advertencia de Ana María Cabanellas de que el libro es una mercancía, pero antes es un producto cultural, pasaba lejos de las preocupaciones de los presidentes ejecutivos de las grandes empresas editoriales. La ausencia de la virtud de la prudencia y de su ejercicio, que podría producir una estrategia innovadora, era aún más contundente porque estaba alimentada por emisarios bien entrenados de la nueva industria proveedora, los fabricantes de software y hardware, para la nueva tendencia que se afirmaba a comienzos del siglo.

En algunos momentos esa palabra de los nuevos proveedores de la industria editorial resultó grotesca. Tal vez la más explícita haya venido de la importante figura del entonces vicepresidente de eMerging Technologies de Microsoft, Dick Bras, quien sin entrar en rodeos centró su discurso en vaticinios devastadores para la industria editorial arraigada en el libro impreso. Logró impresionar a muchos y algunos ya se veían en la quiebra, vendiendo sus libros de papel para reciclaje y otros usos menos dignos, pero también inspiró buenos chistes de los más escépticos o prudentes. Entre algunas profecías, él anunciaba al año 2008 como el de la superación de la venta de los libros electrónicos y que en 2017 las bibliotecas, como las conocíamos, serían “objetos de encanto antiguo”. La realidad se mostró diferente, como lo sabemos: en el 2016, ocho años después de la profecía anunciada, la venta de libros electrónicos llegó al 25% del total de ventas de libros en los Estados Unidos y se mantiene en ese tope; en el 2017 la Biblioteca del Congreso americano, a pesar de un importante trabajo de digitalización de su colección, no descartó su fondo bibliográfico impreso y no parece tener intención de hacerlo; en el 2018, un año después de decretada la superación de las bibliotecas old fashion, se presencia la renovación del concepto de biblioteca en centenas de países, según indica la IFLA, y de políticas públicas como los Planes Nacionales de Lectura, además del éxito de bibliotecas innovadoras, como las “bibliotecas parques” colombianas, que se volvieron modelos de incontables programas internacionales. Además, existen muchos programas y acciones importantes e incluyentes de bibliotecas en centros comerciales, estaciones de tren y metro y otros lugares no convencionales como espacios de lectura que atraen a miles de personas. El mundo, a diferencia de la previsión exterminadora, está renovando sus bibliotecas. Por tratarse de un hombre inteligente, a nuestro conferencista le faltaron los atributos de la memoria y de la previsión para que pudiera estar en el lugar de los que usaron la virtud de la prudencia. O, quien sabe, la determinación de vender sus productos superó cualquier dimensión crítica al hablar a un selecto auditorio de profesionales.

Al analizar el pasado, sin correr el riesgo de no ejercer la prudencia que trabaja en el presente y vislumbra el futuro, quiero reflexionar con el lector sobre lo que persiste de esas visiones expuestas en el 2000 y lo que necesitamos cambiar aún en la gran cadena del libro y de la lectura después de estos dieciocho años, pasados desde el 26º Congreso. Y será sobre otras voces, que sí fueron prudentes en aquel Congreso, que ahora recuerdo, que buscaré construir estas reflexiones.

No tendré espacio para comentar en los límites de este primer artículo del año las posiciones que considero virtuosas y exponer mis posiciones. Completaré este artículo en dos etapas. El próximo mes comentaré los diálogos de los prudentes: Roger Chartier, Milagros del Corral y Emilia Ferreiro.

Sostener y enriquecer toda la cadena del libro es una estrategia crucial

 

Por: Oche Califa

En la Argentina, la educación masiva y la movilidad de las clases populares permitieron la construcción de una industria librera y gráfica que siempre despertó curiosidad y admiración. En buena parte del siglo XX le posibilitó, además, ser líder del libro en todo el continente.

De este pasado resulta que hoy posea 1.200 librerías en toda su geografía, más allá de que los libros también se venden en puestos de diarios y en supermercados; unas 1.500 bibliotecas populares, que son entidades comunitarias con asociados y apoyo estatal mediante subsidios, y más de 2.000 bibliotecas públicas –generales o especializadas–, además de las escolares. El 70% de las librerías son independientes, es decir, no pertenecen a cadenas.

La producción se construye con una constelación de 400 editoriales –entre comerciales, de auto publicación y universitarias–, lo que da una llamativa diversidad, tal vez el capital más importante que el libro argentino tiene.

Todo esto quiere decir que de los libros que se producen anualmente –cifra oscilante pero que se puede promediar en 60 millones y en 27.000 novedades– la mayoría se vuelca al mercado interno (el porcentaje exportado es entre el 10 y 15%) y de manera abrumadora a través de librerías. Hay, en estas, una cuota menor de libros de importación. Las compras estatales, que no están incluidas en la cifra mencionada, pueden ser abundantes o escasas según los años y gobiernos, y esa imprevisibilidad hace que no existan editoriales cuya existencia solo la explique este cliente. (Todas estas cifras, se insiste, son promedios para ofrecer una idea general).

Frente a la retracción de los años 2016 y 2017 –que según estimaciones promedió una caída del 20% de las ventas– y el aumento de los costos fijos para la producción y el comercio, la Fundación El Libro (FEL) decidió una serie de acciones de promoción, la mayoría de ellas dirigidas al sostén de las librerías, ya que su afectación sería la de toda la industria. Sin dónde vender, ¿qué hacer?

Desde hace varios años, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, que la FEL organiza, otorga a los visitantes un “chequelibro” por una suma que es, aproximadamente, el 15 o 20% del PVP de un libro. Este solo puede usarse como parte de pago en librerías una vez finalizada la Feria, en los tres meses siguientes; su monto es soportado en un mayor porcentaje por la FEL y en uno menor, por el librero, a quien le ingresa un comprador, a veces nuevo, por tal vez más de un libro.

Esta experiencia hizo que en 2017 la FEL lanzara, poco antes de las fiestas navideñas, el programa “Chequelibro Regalo”: un voucher que un particular, una empresa, un sindicato, etc. podía comprar en una librería y regalarlo, para que el obsequiado luego se presentara con él a elegir el libro que le gustara. La FEL los imprimió para unas 300 librerías que adhirieron, con buenos resultados.

Desde hace tres años la FEL también lanza campañas de impulso del consumo para el Día de la Madre, del Padre, del Niño, etc., con avisos gráficos, radiales y de vía pública. En 2017 unió el de “Chequelibro Regalo” con la campaña “Regale Libros” de la siguiente manera: pidió a las editoriales que donaran libros para ser sorteados como promoción en radios de todo el país y convocó a las librerías a sugerir los programas radiales en los que podían entregarse. Unas 90 radios que recibieron libros quedaron, de esta manera, vinculadas al librero que les hizo de “padrino”. Y la audiencia advirtió en el libro una opción de regalo navideño y para vacaciones, que como dice su publicidad “tiene más valor que precio”.

Por otra parte, durante las Jornadas Profesionales, anteriores a la apertura al público de la Feria, los libreros argentinos y del exterior inscriptos reciben otra buena cantidad de incentivos y charlas de actualización y capacitación. Desde hace tres años hay dos programas especialmente destacables: Librero Amigo (que también pueden usufructuar los bibliotecarios), en el que las editoriales hacen un descuento especial para las compras de esos tres días, y Envío Gratuito, que consiste en el despacho, a cargo de la FEL, de hasta 200 kilogramos al interior argentino y hasta 50 al exterior. Por encima de esos pesajes existe una tarifa preferencial y lo cierto es que muchos libreros compran más de la cuota sin costo. En 2017 se enviaron 13 toneladas al interior argentino y casi 7 toneladas al exterior (lo que constituye, en solo tres días, un hecho sinigual de exportación).

Pero en este último caso, existe un beneficio para otro actor del libro. Como la Feria está, en esos tres días, totalmente instalada y atendida, resulta un verdadero showroom para que el librero conozca otros catálogos –que son generalmente de pymes editoriales– y haga una compra tentativa “para probar”, con lo que puede generarse un contacto o nuevo cliente que difícilmente se produce en otro momento del año. Así, el editor pequeño o mediano encuentra un nuevo vínculo comercial y la librería aumenta su oferta diversa, que satisface a los lectores con otros gustos e intereses.

La FEL también convoca y es anfitriona de una Reunión Anual de Ferias del País, a la que concurren unos 40 responsables e interesados en iniciarla. Uno de los temas de debate es la participación de las librerías en dichas ferias. Es cierto que en la Feria Internacional son pocas las que tienen su estand, porque esta es expresión de la industria y, por lo tanto, la mayoría de los expositores son editores. Pero en cada localidad donde se planea una feria y existen uno o más libreros, es impensable que la misma se organice ignorándolos, cuando son quienes están todo el año. Vista en la necesidad de poner en los hechos su prédica, la FEL, al organizar una nueva sede de la Feria del Libro Infantil y Juvenil en la ciudad de La Plata (capital de la provincia de Buenos Aires), convocó con prioridad a los libreros locales para elegir lugar y con tarifa preferencial, seis de los cuales montaron estand.

Mencionadas las bibliotecas populares –fenómeno singular de la Argentina–, hay que decir que desde hace doce años se repite un hecho destacado en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. El Ministerio de Cultura de la Nación, a través de la comisión que las apoya (Conabip), les paga traslado, hotel y les da un monto para que durante tres días vengan de compras a la Feria; arregla con las editoriales la venta a mitad del PVP, y con el Correo Argentino el envío gratuito de lo que compren. La Feria abre por la mañana solo para ellas, que en número de personas son casi 2.000, y les facilita carritos y cajas. Desde hace varios años las editoriales envían a estas bibliotecas información anticipada de sus novedades y su ubicación en la Feria. Nadie quiere perder su oportunidad, que en apenas tres días constituye una compra millonaria, ya que más allá del subsidio estatal, la mayoría de las bibliotecas trae un dinero propio adicional. Hay que agregar que la decisión es muy buena ya que implica que cada biblioteca decide qué comprar.

Este breve detalle de algunas de las acciones que desarrolla la FEL y sus ferias son parte de su orgullo. Sin embargo, no se dan a conocer aquí para exhibirlo sino porque seguramente a muchos de quienes las lean, si son actores de la promoción del libro, les sirvan como replique o fuente de inspiración.

Lectura, alfabetización y desarrollo: los atajos no existen

 

Por: Gonzalo Oyarzún

Las estadísticas de los últimos 100 años en Chile muestran que nunca antes nuestro país fue tan lector como ahora. Los niveles de escolaridad, el número de editoriales, el número y cobertura de bibliotecas públicas y escolares, los niveles de conectividad en todo el país, así lo demuestran. Sin embargo, pese a estos auspiciosos datos, arrastramos una enorme población con escolaridad incompleta y con niveles de analfabetismo alarmantes, que no guardan relación con el país desarrollado que aspiramos ser.

La Unesco define a una persona analfabeta como alguien que no es capaz de leer y escribir un texto breve y sencillo sobre su vida cotidiana. Una persona que solo puede leer, pero no escribir, o puede escribir, pero no leer, se considera analfabeta. Una persona que solo puede escribir figuras, su nombre o una frase memorizada, tampoco se considera alfabetizada.

Según índices internacionales, Chile tendría un nivel de alfabetismo superior al 97%, es decir, existe un 3% (500 mil personas aproximadamente) que, bajo la definición de la Unesco, son analfabetas. Esta cifra puede no ser tan inquietante porque, según una medición hecha por la Central Connecticut State University, que consideró 60 países, Chile sería el más alfabetizado de la región y el número 37 del mundo. Pero hay otras cifras que sí deberían inquietarnos.

De acuerdo con la encuesta Casen 2015, un 7% de la población del país mayor de 15 años (casi un millón de personas) no ha completado 4° básico. Se puede inferir que esa enorme población no maneja las competencias de lenguaje necesarias para desenvolverse en un mundo de conocimientos complejos como el actual.

La misma Casen, registra que más de 2,7 millones de chilenos, mayores de 15 años, no estudian ni tienen 8° básico completo; lo que representa casi un 20% de la población en ese tramo etario. Mayor es el número de quienes tienen escolaridad incompleta, es decir, que no han completado al menos 4° medio: más de cinco millones de personas, casi un tercio de la población.

Las cifras son más dramáticas todavía cuando nos adentramos en las realidades regionales y comunales. Siete regiones de Chile tienen más de un 40% de población con escolaridad incompleta (O’Higgins, Maule, Biobío, Araucanía, Los Ríos, Los Lagos y Aysén). Seis comunas tienen más del 70% de su población con escolaridad incompleta (Camarones, Camiña, Pumanque, Paredones, Quemchi, San Juan de la Costa). Y en 148 comunas del país, el 50% o más de sus habitantes mayores de 15 años no están estudiando ni tienen educación completa. Algo muy distinto a lo que sucede en comunas ricas de la Región Metropolitana, donde las cifras son significativamente menores. En Vitacura solo el 8% no ha completado sus estudios ni está estudiando; en Las Condes, el 7%; y en Providencia apenas el 4%.

Eso no es todo. Según el “Segundo Estudio de Competencias Básicas de la Población Adulta 2013 y Comparación Chile 1998-2013” del Centro de Microdatos de la Universidad de Chile, un 44% de la población adulta es analfabeta funcional en textos, un 42% en documentos y un 51% en el área cuantitativa.

Cuando surgieron los planes de alfabetización en Chile, a mediados del siglo XX, tenían el objetivo de consolidar un derecho social. La educación debía permitir al país desarrollarse más y, al mismo tiempo, al trabajador defender mejor sus derechos. En el Mensaje al Congreso del año 1939, Pedro Aguirre Cerda señaló: “Todo plan productor debe ir acompañado de una educación que sirva al hombre y a la mujer en una preparación que infrinja en todas las clases sociales un sentido de capacidad y de comprensión de que el país tiene fuerzas sobresalientes que bien conocidas y aprovechadas darán margen sobrado para una economía nacional sana, y que dé beneficio para todas las actividades”.

En Chile, desde el año 2003, es obligatorio (y por lo tanto un derecho garantizado), terminar la educación secundaria completa hasta 4° año de Educación Media. No obstante, pasados 15 años desde esa fecha, más de cinco millones de personas aún no han podido completar ese nivel de escolaridad. Más dramático todavía resulta el hecho de que, desde el año 1965, es también obligatorio terminar la educación primaria, 8° año de Educación Básica y, pese a ello, 52 años después de implementada esa política, existen 2,7 millones de personas que no terminaron su educación básica.

¿Qué implicancias tienen estos datos para la lectura hoy en Chile? ¿Cuál es la transformación que requerimos para ser un país desarrollado? ¿Cuál es el nivel de productividad al que aspiramos? ¿Cuál es el nivel de participación que queremos de la ciudadanía? ¿Cuál es, en verdad, el país que soñamos?

Hoy el Ministerio de Educación cuenta con el programa de “Educación de Personas Jóvenes y Adultas”, que lleva a cabo el Plan Nacional de Alfabetización “Contigo Aprendo”, con el objetivo de que “las personas aprendan a leer y escribir, desarrollen su pensamiento matemático y alcancen aprendizajes que les permitan certificar 4° año básico”. Adicionalmente se han desarrollado Planes de Lectura que han merecido el reconocimiento de otros países latinoamericanos; y se ha impulsado una Política Nacional de la Lectura y el Libro con una importante participación de diferentes agentes del Estado y la sociedad civil.

Sin embargo, muchos de los esfuerzos que hacemos, como país, para dar acceso a la lectura se enfrentan a una realidad que los sobrepasa: la pobreza, la desigualdad, el analfabetismo y el abismante número de personas con escolaridad incompleta.

La alfabetización y la lectura no se ejercen en el vacío, tenemos que generar las condiciones para una sociedad lectora. El fomento lector debe tener una fuerte orientación hacia la formación de capacidades, que permitan a las personas dominar la comprensión y producción de textos, con el objetivo de apoyarlas para que puedan terminar su escolaridad.

Parece que no dimensionamos la importancia y las implicancias del problema. Salir del analfabetismo, en cualquiera de sus sentidos o categorías, es un problema de Estado. Cuando rangos tan altos de la población no cuentan con su escolaridad completa, es más difícil pensar el desarrollo de un país, desde cualquier perspectiva que quiera verse. Y pienso que la lectura, en un sentido amplio, es una de las vías para enfrentarlo.

Hablamos de un fomento lector que trabaje en conjunto con los proyectos de escolaridad, en conjunto con quienes por distintos motivos han abandonado el sistema formal de educación, para que puedan comprender textos de diversa índole, textos que tengan sentido en su entorno y en su realidad cotidiana.

Debe ser un rol que no solo radique en el ámbito de la educación o cultura, debe ser transversal a todos los programas de desarrollo social, del trabajo, de la economía y también del ámbito de la salud; debe involucrar activamente a las empresas y al mayor número de organizaciones sociales y territoriales. Esta debe ser una Política de Estado, así con mayúsculas.

Cuando lees eres más dueño de tu vida, puedes mejorar la calidad de tu trabajo y, estadísticamente, te permite acceder a un mejor salario. Leer y entender lo que lees te permite a ti y a tu familia tener una mejor salud. Tener una escolaridad completa te da más herramientas para comprender tu entorno, defender mejor tus derechos y pensar en un mejor país para tu comunidad.

Pensar en un país distinto requiere personas capaces de entender y reflexionar sobre su entorno, que puedan decodificar símbolos, comprender contextos, estructurar propuestas. Superar las actuales falencias en la alfabetización es también mejorar la salud, la educación, el trabajo, la democracia.

Probablemente no exista una solución rápida para lograr las capacidades de lectura y escritura que nuestra sociedad necesita, pero para las políticas públicas perdurables no existen atajos. Debiésemos, como meta, tener un plan estratégico de alfabetización de carácter transversal con la mayor cantidad de agentes del Estado involucrados y con la plena participación de la sociedad civil, con metas a mediano y largo plazo. Este desafío será de largo aliento y para alcanzarlo debemos redoblar nuestros esfuerzos desde hoy.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente en la Revista Santiago, el 26 de enero del 2018.

Edición universitaria en América Latina: lo que dicen los datos

 

Por Marianne Ponsford

No hay duda de que el sector de la edición universitaria en América Latina se ha fortalecido durante los últimos diez años. Es grato reconocer que de aquel sector que necesitaba urgentemente contar con políticas que aseguraran su autonomía y continuidad, que fomentaran la profesionalización de sus equipos y que identificaba en la piratería y la fotocopia ilegal su principal obstáculo, tan bien caracterizado en la investigación Las editoriales universitarias en América latina[i], hoy exista una versión adulta que tiene clara su misión como vehículo para difundir conocimientos útiles para el desarrollo de las sociedades.

Es incluso más satisfactorio saber que la edición universitaria no solo se ha fortalecido, sino que se ha posicionado como uno de los segmentos con mejor proyección dentro de la industria editorial en Latinoamérica. Porque mientras otros agentes del ecosistema del libro tienen dificultades para adaptar su tradicional modelo de negocio a los cambios que generan el uso de las nuevas tecnologías y los nuevos enfoques de las políticas internacionales que fomentan el acceso libre al conocimiento, los modelos alternativos e independientes de las editoriales universitarias han logrado implementar estrategias novedosas para fomentar la publicación digital, al acceso abierto a los contenidos y la promoción de la bibliodiversidad.

Estas afirmaciones halagadoras y optimistas tienen un sustento real en los datos recolectados por las agencias de ISBN de la región y que han sido analizados ampliamente en la investigación El espacio iberoamericano del libro 2016[ii], publicada por el Cerlalc este año. Según los análisis del Cerlalc, en el 2015, los avances de la edición universitaria de la región son importantes: su participación en el total de libros editados en América Latina se ha incrementado y es significativa, la cantidad de títulos también ha crecido y no dejan de hacerlo año tras año y hoy imprimen más ejemplares y publican más en formatos digitales que cualquier otro agente editorial. Además, los libros son de tantas y tan variadas áreas del conocimiento como son diversos los programas curriculares que existen en la gran red de universidades del sistema educativo latinoamericano. Pero veamos lo que dicen los datos sobre la edición universitaria de Latinoamérica.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy tienen más títulos y logran una participación mayor en la producción editorial total de sus países, lo que favorece la bibliodiversidad en la región. En nueve países de América Latina, los títulos registrados por las editoriales universitarias superan el 10 %. Los casos más significativos son los de Costa Rica, en donde la participación de las publicaciones universitarias es del 26%. En Ecuador y en Colombia, alcanzan el 20,5 %. En El Salvador es del 20%, en México es del 16%, en Perú del 14%, en Chile del 12%, en Nicaragua del 11% y en Venezuela del 10%. En Colombia, por ejemplo, los 3634 libros registrados por editoriales universitarias representan el 20,5% de los libros registrados en el 2015, que son 17 723. En todo caso, entre los países de la región hay asimetrías. Eso lo confirma que, por ejemplo, en República Dominicana la participación solo alcanza el 6%, en Bolivia el 3% y en Paraguay el 2%.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy producen más ejemplares de sus títulos, lo que favorece el acceso y la difusión del conocimiento. Según los datos de las agencias ISBN de la región, las editoriales universitarias imprimieron 10,4 millones de ejemplares de sus títulos en el 2015, lo que representa un aumento del 27% respecto al 2014. Los países que tienen el promedio de ejemplares por título más alto son Brasil con 1080 ejemplares, México con 831 y Perú con 757. El caso de Colombia es especial porque aunque las editoriales universitarias publicaron más títulos en el 2015, la cantidad de ejemplares impresos disminuyó en un 25% en comparación con el 2008. Esto puede tener que ver con que las políticas de las editoriales universitarias colombianas han determinado racionalizar los tirajes de las ediciones demasiado especializadas y técnicas y han optado por fortalecer la publicación en formatos digitales.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy publican más títulos en formato digital, lo que favorece el acceso al conocimiento a través del uso de las tecnologías de la información. En el 2015, la edición de títulos universitarios latinoamericanos en formatos digitales alcanzó el 34% de las obras que publicaron estos agentes editoriales el mismo año. Esto representa un aumento de casi el doble en relación con los títulos aparecidos en formatos digitales en el 2010 y un avance importante en la inclusión del uso de las tecnologías de la información en las políticas editoriales. Pero este indicador contiene una alerta: la publicación digital continúa siendo mayoritariamente en PDF. Esto supone la necesidad de crear capacidades técnicas en lo que respecta al libro digital en las editoriales universitarias. En el caso colombiano, por ejemplo, de los 1422 libros digitales registrados por las universidades, 910 aparecieron en .pdf y solo 404 en .epub. Los pocos títulos restantes se publicaron en .html, .exe, .asci y en aplicaciones para IOS y Android.

Las editoriales universitarias en América Latina hoy publican en todas las áreas del conocimiento. Esto prueba que están cumpliendo con su misión de favorecer el desarrollo social de los países a través de la producción y difusión de conocimientos relevantes y útiles para la sociedad. En América Latina, la materia predominante son las ciencias sociales, con un 38% de participación; después está la tecnología con un 13% y la literatura con un 8%. Pero este resultado que se presenta de forma simple es tan complejo de calcular como es compleja la clasificación temática en los registros de las agencias ISBN. Un ejemplo claro es el de Colombia, donde los 3634 libros registrados por editoriales universitarias en el 2015 fueron clasificados en 508 áreas de conocimiento. Esto resulta en una temática por cada 6 libros. Además de indicar una gigantesca variedad de campos temáticos, esto también indica un cierto grado de desorganización que afecta la catalogación y el acceso a los libros.

Los datos de las agencias de ISBN de la región no mienten: los contundentes avances que la edición ha alcanzado en las universidades en América Latina son reales. La explicación de estos afortunados adelantos debe ser compleja y extensa, pero me atrevo a identificar dos causas principales que se originan en el interior mismo del sistema educativo universitario. La primera es que las políticas de fomento a la investigación se convirtieron en una condición obligatoria en las instituciones, lo que propicia que las universidades y sus profesores investigadores produzcan cada año más conocimientos en todas las áreas. La segunda es que dentro de los sistemas académicos fueron finalmente identificadas las oficinas de publicaciones como medios efectivos para la difusión de esa gran cantidad de conocimientos recientemente producidos. Esto permitió la tecnificación de las editoriales y la profesionalización de sus equipos.

Esta evidente relación de interdependencia de las editoriales y sus universidades hace que las 846 editoriales identificadas por las agencias ISBN reflejen las particularidades de la academia de cada uno de los países y las características generales del sistema educativo de Latinoamérica. Los datos dan de nuevo varias pistas que confirman esta afirmación. Por ejemplo, es significativo que la concentración de editoriales universitarias de la región se encuentre en solo tres países: Brasil, con un 23%, México, con el 18% y Colombia, con el 15%, suman el 56%. También dice mucho que, por ejemplo, en Colombia, el registro de libros universitarios se concentra en Bogotá, con un 51% de títulos registrados, y que en este país las universidades privadas publiquen más títulos que las universidades públicas (esta tendencia incluye la producción de libros digitales).

Tampoco podemos perder de vista que el fortalecimiento del sector editorial universitario en Latinoamérica es asimétrico y que no todas las editoriales cuentan con catálogos consolidados o con canales efectivos de distribución y comercialización, que las necesidades de profesionalización persisten y que todavía muchos gobiernos académicos desconocen los procesos propios de la publicación de libros. También subsisten algunos problemas: los catálogos mantienen libros con incidencia más política de los órganos de gobierno que de las agendas académicas; los diseños de las colecciones carecen de criterios estéticos definidos y podrían inspirarse más en la edición comercial; las librerías académicas escasean y las existentes no trabajan en red con las universidades; y, por último, las plantillas de editores tienen salarios menores que las de la edición nacional comercial, lo que los hace menos competitivos. Estos cuellos de botella no son irremediables, pero deben ser enfrentados con rapidez.

Para finalizar, hay que entender que el fortalecimiento generalizado de la industria editorial universitaria implica la aparición de nuevas problemáticas y de nuevos retos que requieren de acciones inmediatas por parte de todos los actores que hacen parte del sector. También es fundamental identificar que el más importante de estos retos es que los contenidos académicos y científicos sean percibidos como diversos, interesantes y útiles, para de esta manera crear y consolidar su público lector objetivo. Sería injusto no reconocer que este trabajo se viene haciendo. Prueba de esto es la presencia del debate sobre edición universitaria en las agendas culturales de las ferias del libro de Madrid, Lima, Bogotá, Panamá, Buenos Aires y Guadalajara, por mencionar algunas. Pero los esfuerzos necesarios sobrepasan el debate e incluyen temas como la función de los medios de comunicación, que desde la especialidad del periodismo científico pueden acercar el conocimiento académico a los públicos, y fomentar la participación de los títulos universitarios en los procesos de compras de libros que dotan a las bibliotecas públicas, lo que mejoraría el acceso abierto y público al conocimiento para todos. Una especial mención merece la reciente realización de la primera edición de la Feria Internacional del Libro Universitario de la UNAM, en la Ciudad de México, que es una prueba inequívoca del compromiso de la sociedad (gobiernos, empresa privada, academia y sociedad civil) con la creación de sociedades lectoras del conocimiento producido en las universidades.

 

[i] Rama, Claudio; Uribe, Richard. Las editoriales universitarias en América latina, de Sagastiazábal, Leandro; Cerlalc. Iesalc. 2006

[ii] Salinas, Lenin Monak. El espacio iberoamericano del libro 2016; Cerlalc. 2017

 

Publicado originalmente por la revista Unelibros edición No. 35 otoño 2017. Sección Firma Invitada.

Edición completa aquí

¿Para qué sirven las leyes de promoción de la lectura?

 

Por: José Castilho Marques Neto 

Vivo en un país, Brasil, en donde se puede aplicar con frecuencia un viejo dicho popular que afirma que hay leyes que se ejecutan y otras que jamás lo serán. En el lenguaje común, son las “¡leyes que pegan y las que no pegan!”. Considerado “natural” por buena parte de la población, ese lado perverso del “jeitinho brasileiro”[1] demuestra con claridad nuestro profundo atraso en cuestiones fuertemente relacionadas a las cuestiones democráticas, en una sociedad tan autoritaria y desigual como la brasileña.

No puedo afirmar que una visión tan limitada como esta, que no comprende el concepto y la utilidad de las leyes en una sociedad compleja, sea común a los países de nuestra región. No tengo conocimiento suficiente del conjunto de los países para cuestionar una visión de mundo que se asemeje a la brasileña, pero gracias a los muchos años que tengo como “viajero” por América Latina, y habiendo debatido en muchos y diversos foros nacionales e internacionales en los últimos 35 años, me atrevo a afirmar que las cuestiones que implican la lucha por legislaciones a favor del libro, la lectura, la literatura y las bibliotecas son algo aún distante para la mayoría de los militantes del sector.

En las diversas ocasiones en que debatí estas cuestiones, quienes las traían a la luz siempre eran profesionales con experiencia en organizaciones de cooperación internacional, como el Cerlalc, o agentes públicos interesados en conseguir alguna durabilidad temporal de los programas de promoción del libro y de la lectura en curso, en la coyuntura en la que actuaban. O incluso, por representantes de la economía del libro, empresarios del sector interesados en una legislación protectora, de preferencia que rebajara sus impuestos y tasas. De hecho, y haciendo ahora una retrospectiva, no recuerdo que el asunto “legislación” haya sido pauta de los muchos y muchos encuentros que tuve con la militancia, que conforma la formación lectora en toda Latinoamérica.

Los fomentadores y mediadores de la lectura piensan en todo, pero creo que no consideran con la debida importancia el hecho de que exista o no una ley que reglamente las cuestiones vinculadas a la lectura. Preocupados con sus acciones y programas, con el espíritu emprendedor nato y las enormes dificultades que acompañan las iniciativas que llevan a cabo en la base de la pirámide social, en las escuelas, en las asociaciones de barrio, en las periferias, en los campos y lugares casi inaccesibles, esos liderazgos consideran, en general, que la legislación no es esencial.

Evidentemente estoy generalizando y siempre será posible encontrar en la militancia por la lectura a aquellos que conocen la importancia y defienden la lucha por la creación y perfeccionamiento de leyes para el sector. Pero me atrevo a afirmar que la mayoría de los liderazgos no considera central ese reto y muchos incluso lo desconocen. Tanto se presenta esto como verdad, que una de las preguntas que más me hacen es: “¿para qué sirven las leyes del libro y la lectura?”. Con cierta frecuencia, esa pregunta se completa con una afirmación: “Necesitamos recursos y reconocimiento del trabajo que hacemos, no leyes”.

Con todo el respeto por los resultados que los trabajos de formación de lectores presentan con mucha constancia en toda América Latina, estoy en firme desacuerdo con el menosprecio que hemos demostrado frente a las leyes para el sector y su defensa como estrategia fundamental para que obtengamos políticas públicas de libro, lectura, literatura y bibliotecas en nuestros países.

La lucha por la conquista de legislaciones que obliguen al poder público a tener políticas públicas de lectura oficialmente instituidas, con directrices democráticas e incluyentes y recursos destinados a su ejecución, es una estrategia cada vez más necesaria en un escenario político e institucional muy variable, a veces incierto, en donde conceptos como el de “posverdad” surgen para contradecir la nítida verdad de los hechos que están frente a nuestros ojos, nuestra razón y nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, mis estimados amigos, los gobiernos realmente hacen las políticas públicas cuando promulgan marcos legales (leyes, decretos, resoluciones) y le aplican recursos a esa política. Sin esos dos requisitos, lo que tendremos es la retórica y discursos vacíos de los gobernantes.

Defender nuestros derechos democráticos como ciudadanos, y defender el derecho a la lectura como un derecho humano para todos, es un asunto demasiado serio y estratégicamente fundamental para la formación integral de las personas y para nuestro desarrollo sostenible. Por eso, no puede quedar a la deriva de las voluntades e idiosincrasias de los gobernantes y liderazgos presentes o futuros. Es necesario imponer esa voluntad de la mayoría, de ejercer sus habilidades y sensibilidades en la lectura, en textos de leyes perennes, orientadoras de las directrices públicas de toda la cadena creativa, productiva, distributiva y mediadora de la lectura, haciendo real o posible en determinado plazo la política de lectura en los países de la región.

Para nuestros países, en los que los niveles de lectura y de formación de lectores son inadmisibles y es necesario avanzar mucho, obtener legislación adecuada y generosa para ampliar el acceso al libro y a la lectura, formar mediadores y apoyar la economía del libro se tornan medidas urgentes provenientes de la buena aceptación que todos los países tuvieron de la aplicación de los primeros Planes Nacionales de Lectura, desde el año 2006.

Exitosos en su corta duración hasta ahora, algunos avanzando, otros naufragando, los Planes Nacionales de Lectura mostraron con claridad que, antes que nada, necesitamos un buen tiempo para alcanzar de hecho un avance significativo en el índice de lectura y de alfabetización en nuestros países. Necesitamos tiempo y trabajos coherentes de formación lectora, que pasarán por generaciones hasta que nos consideremos países lectores, en donde el derecho a la lectura sea ejercido plenamente y fomentado por el poder público.

¿Cómo avanzar ese tiempo en una sociedad movida por intereses profundos si no tenemos un marco legal, una letra marcada en nuestras legislaciones, que nos garantice luchar como ciudadanos por el derecho a la lectura?

No debemos tergiversar lo que es fundamental para nuestra sociedad y para nuestra permanencia como seres humanos que buscan la equidad. No olvidemos que cuando se trata de derechos humanos, aquellos que están contra ellos siempre evitarán los compromisos en relación a su ejercicio efectivo. Y nuestro compromiso debe quedar bien grabado, permanentemente, en una legislación clara y objetiva, que delimite y establezca los caminos de acción de la lectura del Estado.

La respuesta a la pregunta que titula este artículo es simple y directa: necesitamos leyes que instituyan y defiendan el derecho a la lectura y todos los vínculos de ese sector de la cultura, ya que implican un compromiso, un pacto social realizado por la mayoría de la sociedad que entiende la importancia estratégica de la lectura para el desarrollo sostenible de nuestras naciones.

La lucha por estas leyes, junto con la lucha por la implantación de las que ya fueron promulgadas, debe ser parte efectiva de nuestras reivindicaciones frente a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en nuestros países. Incorporar las banderas de marcos legales para el libro, la lectura, la literatura y las bibliotecas con la finalidad de fomentar políticas públicas de inclusión es un asunto urgente y forjará una legitimidad aún mayor a nuestros movimientos cotidianos, para formar lectores y ciudadanos.

 

[1] La expresión “jeitinho brasileiro” no tiene una traducción literal en español, aunque “jeito” significa habilidad, destreza o forma de ser. “Jeitinho brasileiro” se usa para expresar una manera “especial” de resolver una situación difícil o adversa a los objetivos de un individuo; puede ser vista como una manera creativa, astuta o propia de alguien con habilidades, pero también es vista como una manera poco ortodoxa o legal de resolver el problema.

El Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica, una respuesta oportuna para la gestión de la información

 

Por: Lovania Garmendia Bonilla

 

No se progresa mejorando lo que ya está hecho,

sino esforzándose por lograr lo que aún queda por hacer.”

Kahil Gibrán

El desarrollo de las bibliotecas en Costa Rica se puede ubicar en la segunda mitad del siglo XIX, luego de la llegada de la imprenta en 1830 y las reformas educativas que promovieron el establecimiento de la Dirección General de Bibliotecas en 1890, la creación de Bibliotecas Públicas en el distrito de San Ramón (1879) y las cabecera de provincia de Cartago (1882), Alajuela (1887) y Heredia (1890). Además, en el año 1888 se fundó la Biblioteca Nacional. Posteriormente se crearon más bibliotecas públicas por medio de la alianza con municipalidades, fundaciones o asociaciones que han identificado la biblioteca como aliado estratégico para el desarrollo cultural, social y económico del país y con las cuales se firmaron convenios en el año 1982.

En el año 1999 se crea el Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI) mediante decreto número 23382-C, en el que se oficializa como órgano rector de las bibliotecas públicas y de la Biblioteca Nacional, renovando las funciones y organización en concordancia con la funcionalidad institucional del momento. El proceso histórico de la Biblioteca Nacional y las bibliotecas públicas de Costa Rica ha permitido que para el año 2017 el SINABI esté conformado por 61 bibliotecas. (Véase mapa)

 

Fuente: Dirección de Bibliotecas Públicas

La estructura orgánica del SINABI está conformada por la Dirección General, la Dirección de Bibliotecas Públicas (con sus 60 bibliotecas públicas y el servicio de Bibliobús), la Dirección de Biblioteca Nacional (con sus diferentes secciones), y las unidades Administrativo Contable, Automatización, Proyectos de Construcción, Unidad Técnica (con la Agencia Nacional ISBN-ISSN), el Archivo Central y el Taller de Conservación y Restauración. (Véase video).

Cada uno de estos elementos conforma un Sistema Nacional de Bibliotecas con solidez administrativa y legislativa, el cual cuenta con profesionales con mística y compromiso que dirigen y laboran en cada unidad o departamento. Como referente nacional en el campo de la bibliotecología, el SINABI brinda capacitación y orientación para las comunidades que pretenden crear una biblioteca pública, una sala de lectura, una biblioteca comunal o desarrollar actividades de promoción del gusto por la lectura. La conformación y funcionamiento como Sistema ha permitido establecer siete programas en los cuales convergen las actividades de las bibliotecas del SINABI, a saber: Soy bebé y me gusta leer; Arcoíris de lectura; ¡Pura vida! Jóvenes a leer; La biblioteca pública de la mano con la persona adulta; Huellas de oro; Biblioteca de puertas abiertas; Bibliobús: Viajemos con la lectura. (Véase video).

La teoría general de sistemas, concebida por Ludwig von Bertalanffy en la década de 1940, ofrece una forma de mirar el SINABI como la interacción de las partes para conformar la totalidad y viceversa. Las bibliotecas, como unidades culturales, educativas y de información, son en sí mismas sistemas y subsistemas debido a su organización y funcionamiento. Toda acción de la biblioteca y las unidades administrativas debe conceptualizarse como un patrón circular de estímulo y respuesta dinámico entre las diferentes unidades y su relación con su ámbito de acción o el suprasistema correspondiente.

Reunión general anual con todo el personal del SINABI (Biblioteca Nacional y las diferentes unidades de las 60 bibliotecas públicas de todo el país). Foto de la autora.

Cada uno de los programas del SINABI está estrechamente relacionado con las metas del Plan Nacional de Desarrollo del Estado y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y enlazados de forma complementaria. Desde cada biblioteca, departamento o unidad se apoyan las acciones del país en cumplimiento con los compromisos internacionales.

La estructura sólida del Sistema ha permitido direccionar el quehacer del personal hacia un rumbo común en beneficio de la totalidad. La promoción de la lectura en diferentes grupos de edad se ha desarrollado desde hace varios años en las bibliotecas del SINABI. En el año 2005 se instauró el “Festival Nacional del Libro y las Bibliotecas Públicas” en el entorno de la celebración del día del libro. En el año 2008, “Año Internacional de las Bibliotecas Públicas”, se inició el proceso de enmarcar las actividades de cada mes con un tema general para todas las bibliotecas. Posteriormente, en el año 2010, luego de sesiones de trabajo en equipo y de consulta a diferentes actores de las bibliotecas públicas, se seleccionaron los nombres de los programas conocidos actualmente para enmarcar las actividades que realizan las bibliotecas en beneficio de los diferentes grupos etarios cuyo tema transversal es la promoción del gusto por la lectura de diferentes formas. Este accionar ha permitido que las comunidades redescubrieran las colecciones de las bibliotecas y a la biblioteca como espacio de encuentro, socialización y aprendizaje permanente.

La conformación del Sistema ha requerido de ajustes y organización del quehacer de forma conjunta e integrada tomando en cuenta a cada individuo y el interés institucional, varios elementos han sido estratégicos para la integración de las partes, entre ellos:

  • La comunicación ha sido uno de los emblemas que ha permitido la definición más clara del norte del SINABI, ya que ha permitido crear de forma conjunta, las líneas y procedimientos con base en la puesta en común de ideas, la capacitación permanente y la actualización constante de procesos y procedimientos de labores y servicios en beneficio de la comunidad.
  • El desarrollo de actividades y programas integrales desde las bibliotecas públicas es una estrategia democrática de inclusión de la comunidad costarricense en la sociedad de la información, y de este modo se responde a las necesidades públicas y privadas de recurso humano con mayores conocimientos en la búsqueda, localización, selección y uso de la información para la toma de decisiones asertivas.
  • La capacitación y actualización tecnológica de forma personalizada que atiende las inquietudes y necesidades individuales ha permitido mayor identificación y comprensión por parte de cada participante con el interés común. Dicha propuesta debe convertir la biblioteca en un espacio de encuentro, socialización y aprendizaje interesante, llamativo y ameno que estimule la creatividad, la imaginación y el pensamiento crítico.
  • Las bibliotecas públicas del SINABI asumieron el reto de ofrecer a la comunidad un abanico de opciones culturales de información y recreación de acuerdo con los nuevos requerimientos de los usuarios. Estanterías abiertas, préstamo a domicilio, cursos de alfabetización informacional, talleres de estimulación del gusto por la lectura desde la temprana edad, entre otras.
  • La identificación clara de metas y objetivos permite que el personal se encamine hacia el fin común de forma natural en beneficio de la comunidad. Las metas planteadas en los planes de trabajo generalmente son superadas ya que, gracias a la gestión local realizada por los bibliotecólogos y bibliotecólogas, siempre surgen nuevas actividades con apoyo de la comunidad, voluntariado, trabajo comunal, entre otros.
  • El relevo generacional del personal ha requerido de organización de los elementos del Sistema de forma que permita dar continuidad al trabajo desarrollado y la incorporación de la innovación y la creatividad. La alianza con gobiernos locales y la empresa privada se ha orientado hacia los fines comunes en beneficio de la comunidad en la cual se identifican resultados comunes de negociación y ganancia mutua. Este papel de la biblioteca como componente proactivo del quehacer de la sociedad redunda en un impacto para el país como apoyo al desarrollo integral de la niñez y la juventud para su posterior incorporación al mundo laboral con mejores estrategias en el uso inteligente de la información para la toma de decisiones personales, profesionales y laborales con responsabilidad social, ambiental y de respeto a la diversidad de miembros de la sociedad.

Para el SINABI funcionar como Sistema ha sido estratégico y ha permitido alcanzar los siguientes logros, además de los antes mencionados:

  • Realizar análisis en tiempo real de labores, servicios y actividades de las bibliotecas en cada uno de los siete programas y el quehacer de las oficinas administrativas.
  • Hacer parte de la política pública de Telecomunicaciones del país.
  • Firmar un convenio con el Ministerio de Ciencia y Tecnología para incorporar a las bibliotecas en el servicio de Centro Comunitario Inteligente.
  • Firmar un convenio con el Ministerio de Justicia para la incorporación de una biblioteca en siete Centros Cívicos para la generación de la cultura de paz y prevención de la violencia.
  • Establecer una alianza con el Ministerio de Educación Pública y el Colegio de Profesionales en Bibliotecología para la promoción e implementación de la agenda 2030.

Conformar la organización de las bibliotecas públicas y la Biblioteca Nacional como un Sistema es la forma más efectiva y eficiente de aprovechar los recursos y el talento humano para brindar mejores servicios a la comunidad y apoyar el desarrollo económico y social de un país. A la Dirección de Bibliotecas Públicas le corresponde el planeamiento organización y supervisión de las actividades profesionales, técnicas y administrativas que se desarrollan en las bibliotecas públicas. La gestión que se realiza en esta dirección ha requerido de la aplicación de conocimientos profesionales y amplia experiencia en el campo de la bibliotecología, gestión de la información, administración, administración pública y en aplicación de programas de gestión bibliotecaria, así como el conocimiento de la legislación nacional e internacional y normativas institucionales.

La función de la Dirección de bibliotecas públicas ha obligado a la actualización y transferencia permanente de conocimientos en concordancia con el contexto de la sociedad de la información y el conocimiento de forma que permita apoyar la labor en cada biblioteca pública del Sistema por medio de la elaboración de propuestas modernas con base en el trabajo en equipo y la gestión documental y bibliotecaria como un esfuerzo interdisciplinario de alfabetización en información.

En este nuevo mundo lleno de tecnologías y necesidades socioculturales la Dirección de Bibliotecas Públicas enfrenta el reto de asumir un papel activo en el desarrollo del personal de las bibliotecas en la sociedad de la información y el conocimiento y debe cumplir con el papel que le corresponde en la concientización de los funcionarios respecto al valor de la información en el proceso de crecimiento de la comunidad a la cual sirve, así como el papel que debe asumir en el contexto de la realidad actual.

 

Referencias

Garmendia Bonilla, Lovania. (2016). Informe Anual. San José, C.R.

Garmendia Bonilla, Lovania. (2017). Informe de seguimiento semestral 2017. San José, C.R.

Reseña histórica Biblioteca Pública de Heredia. Disponible en: http://bibliotecaheredia.com/acerca/. Consultado el 17 agosto 2017.

Biblioteca Pública de Alajuela – Miguel Obregón Lizano. Disponible en: https://si.cultura.cr/infraestructura/biblioteca-publica-de-alajuela-miguel-obregon-lizano.html. Consultado el 17 agosto 2017.

Reseña histórica Biblioteca Pública de San Ramón. Disponible en: https://si.cultura.cr/infraestructura/biblioteca-publica-de-san-ramon-ramon-echavarria-mesen.html.  Consultado el 17 agosto 2017.

 

 

El futuro de las bibliotecas

 

Por: José Castilho Marques Neto

¿Cuál es el futuro de las bibliotecas? Esa pregunta está siempre presente en las conferencias que hago en la región iberoamericana. Y tiene razón de ser en este mundo en el que la era de la información virtual se está mostrando como la era de la individualidad y de la búsqueda solitaria. Después de todo, ¿cuál es el sentido de la biblioteca en un futuro cuya búsqueda por la información se obtiene en la palma de la mano? Pero, ¿sería solamente la búsqueda de la información el sentido de una biblioteca?

Mi biblioteca personal almacena, además de los libros, algo que considero esencial para la existencia: mis cantantes, orquestas, instrumentistas, música de todas partes, de todos los géneros, que son una especie de alimento que amo y preservo desde que tengo memoria. Allá están varios medios que acompañaron mi vida: DVD, CD, LD, casetes, LP (long play o vinilos) e incluso algunos discos 33 R.P.M. heredados de mis padres, ¡y que esperan pacientemente mi soñada compra de un gramófono! Fue justamente al reponer, después de una limpieza, todo ese valioso material en la repisa, que empecé a hacer conexiones con lo que pretendía escribir en este artículo.

Tengo vinilos de la década de 1960 y cuando los uso siempre vuelven memorias de cómo llegué a ellos. Viví hasta 1971 en una pequeña ciudad al interior de São Paulo que, como millares de otras del Brasil y de América Latina, tenía poca información de lo que sucedía en los campos artístico y cultural, a no ser aquella vehiculada por las ondas de radio, de la incipiente televisión y por la prensa, en aquella época censurada por la dictadura militar vigente en el Brasil de aquel periodo. Uno de los vinilos que más me gusta es el de Ella Fitzgerald, que despertó mi gusto por el jazz en 1969, cuando lo compré. También limpié mi primer gran vinilo de Elis Regina y lo devolví a la repisa, así como un vinilo que reúne en audio pasajes de la mejor poesía y prosa de Fernando Pessoa, y que me trajo luz y pasión por la literatura portuguesa en aquella adolescencia sin muchos horizontes visibles.

Todas estas joyas musicales y literarias se me presentaron en una increíble y pequeña biblioteca que reunían adolescentes como yo y otros mayores, ya universitarios, en São Paulo u otros centros, pero que se sentían con el deber de frecuentar y contribuir con la colección de una biblioteca en la ciudad en donde nacieron.

Sí, pertenecí a ese grupo y tengo mucho orgullo de eso. El grupo de soñadores que tenía amor por las bibliotecas en aquella pequeña comunidad, reuniendo estudiantes, profesores locales, trabajadores de varias profesiones, amas de casa, pensionados, gente que le gustaba leer y conversar. Allá nos juntábamos, llevábamos libros recaudados, donados, comprados, que poco a poco llenaron algunas repisas y conformaron nuestras primeras lecturas más críticas. Era lo que hoy conocemos como biblioteca comunitaria o popular, con aquella ligereza y alegría que generalmente caracteriza esos espacios de compartimiento espontáneo.

En este espacio fue la primera vez que me hablaron de jazz y también de Ella Fitzgerald, así como oí por primera vez a Elis Regina y a Violeta Parra. Sí, también había música en la biblioteca, que no era silenciosa y austera, en donde las personas no pueden conversar e intercambiar ideas. Al contrario, se hablaba, y mucho, se sonreía y se reía tanto cuanto se podía. Y también se cantaba, ¡porque de esa biblioteca surgió un coro! Nos volvimos cantantes, empezamos a apreciar a Bach, Beethoven y otros compositores clásicos que parecían tan distantes en las clases de música en la escuela pública que frecuentábamos. En el coro, la conductora Maria José Marotti nos presentó cierta vez la cantata Carmina Burana, de Carl Orff, y rápidamente nos remitimos a los libros que narraban la literatura y la vida en la Edad Media y de los tales monjes goliardos. La música nos llevaba a los libros, que nos remitían a otras artes, a la literatura, al cine, al teatro, al patrimonio, entre tantas otras riquezas del universo humano. La pequeña biblioteca comunitaria nos unía, nos envolvía, y nos animaba a descubrir. No era magia, era la propia esencia de lo que debería ser una biblioteca.

Toda esa historia personal puede parecer distante y anacrónica en los tiempos de la información inmediata, del compartimiento virtual, de las redes sociales y de la formación a distancia. Es aún más distante si pensamos que casi todo lo que yo y mis amigos de aquel final de los años sesenta hacíamos para informarnos se puede hacer hoy en casa, en nuestros celulares o en un café internet, sin necesidad de nada ni de nadie, a no ser de una conexión a Internet.

En un contexto como ese, de semejante independencia en cuanto a la información, ¿cómo quedará el lugar de la biblioteca, aquella a la que Mário de Andrade, en torno de los años 1935 ya identificaba como “centros de información y cultura”? ¿Habrá un futuro para las bibliotecas?

Lo que constato en casi cuarenta años dedicados al libro y a la lectura, como profesional e investigador, y principalmente al revisar mis últimos años coordinando la construcción del Plan Nacional del Libro y Lectura del Brasil (PNLL), es la existencia de una región iberoamericana que tiene millares de iniciativas que reproducen mi experiencia juvenil comunitaria. No idéntica, al fin y al cabo, pues ya pasaron casi cincuenta años, pero con el mismo espíritu, la misma misión voluntaria, que es el resultado de la voluntad ciudadana de ayudarse o ayudar al otro a superarse. Las tecnologías aún no sustituyeron el deseo de compartir y éste se realiza plenamente en el contacto real entre humanos, en el intercambio de impresiones y conocimientos, en el intercambio entre seres que piensan y sienten.

A pesar de todo, florecen iniciativas que pasan por el sector público y van a la sociedad en todos sus estamentos, de la casa grande a las favelas, de las iglesias a las zonas desacralizadas de las ciudades, de las escuelas a las comunidades de ayuda mutua para alcanzar las primeras letras o cultivar las adquiridas precariamente. Millares de acciones se afirman con enorme sacrificio y esfuerzo. Bibliotecas públicas modernizadas, interactivas con los nuevos medios virtuales, conviven con bibliotecas comunitarias, núcleos de lectura tradicional, recitales de poesía y cuento, expresiones locales de las calles y de las artes, principalmente de aquellas artes literarias y musicales innovadoras que brotan fuertemente y con excelentes frutos en las periferias de las ciudades.

Por lo tanto, en esos espacios tercos y en constante florecimiento hay algo que va más allá del aislamiento virtual y de la autosatisfacción de las comunicaciones compartidas por Internet, en las cuales lo individual se sobrepone a lo colectivo y el compartir no es suficiente, al punto de acompañar o, principalmente, desarrollar la sensibilidad del contacto verdaderamente humano.

El futuro de las bibliotecas para mi es algo tan incierto como la capacidad que tendrán hoy de incorporar este mundo que, por un lado, favorece el acceso individual a la información y, por el otro, se puede transformar positivamente con la reacción de la sociedad, que colectiviza aquello que le es dado para ser manipulado aisladamente. Persiste, y de forma exponencial por la textualidad virtual contemporánea, ampliamente difundida, el deseo rigurosamente humano de compartir. ¿La biblioteca sabrá usar con eficacia ese reto que se le presenta?

Académicos y profesionales con experiencia en la biblioteconomía presentan propuestas que pueden estructurar nuevos rumbos para los servicios bibliotecarios. Son muchas las propuestas objetivas y las experiencias para hacer que la biblioteca sea un lugar del presente y del futuro.

Programas ya implantados, como los de accesibilidades, de fomentos permanentes a la lectura, de formación de mediadores, de bibliotecas multifuncionales como las Bibliotecas Parques de Colombia, que fomentan la lectura y educación junto con la promoción social, cívica y económica de los ciudadanos, florecen sin parar en nuestra región.

Todo esto es fundamental e inspirador, porque el futuro de las bibliotecas estará necesariamente conectado a la misión que ellas designen a sí mismas en el mundo contemporáneo, aunque yo piense que, cualquiera que sea esta misión, para que tenga un lugar garantizado en el futuro, no podemos olvidar que antes que nada, el espacio de la biblioteca tiene origen no apenas en la preservación y en el poder emanado de esa custodia privilegiada, sino en la idea maestra de compartir saberes, sabores y placeres. Tal vez ese espacio llegue a ser aún mayor que el de hoy, tal vez ese espacio resista como un oasis en un mundo cada vez más individualizado, pero, o será un espacio para compartir entre seres humanos, ¡o no será una biblioteca!

São Paulo, 17 de septiembre de 2017.

La versión en portugués de este artículo se encuentra aquí

 

Foto tomada de la página web Pixabay

Las bibliotecas universitarias y su desafío actual

 

Por: Carol Contreras Suárez

Aunque en el campo semántico de Universidad figure la cualidad de universal, poco se reflexiona en Colombia sobre el rol que las bibliotecas universitarias tienen en la construcción de esa cultura universal de los estudiantes, no solo por medio del acceso libre al conocimiento y la apertura de espacios de apoyo a la formación, sino mediante la aproximación a la lectura y la escritura como habilidades que desarrollan el pensamiento crítico de un mundo que se escapa del catalejo disciplinar.