Las bibliotecas universitarias y su desafío actual

 

Por: Carol Contreras Suárez

Aunque en el campo semántico de Universidad figure la cualidad de universal, poco se reflexiona en Colombia sobre el rol que las bibliotecas universitarias tienen en la construcción de esa cultura universal de los estudiantes, no solo por medio del acceso libre al conocimiento y la apertura de espacios de apoyo a la formación, sino mediante la aproximación a la lectura y la escritura como habilidades que desarrollan el pensamiento crítico de un mundo que se escapa del catalejo disciplinar.

Libros y lecturas indígenas IV. De últimos hablantes y políticas invisibles

 

Por: Edgardo Civallero

En 1823, el religioso, político e intelectual uruguayo Dámaso Antonio Larrañaga (que ayudó a fundar la Biblioteca Nacional de su país y la Universidad de la República) escribió un artículo titulado Compendio del idioma de la nación chaná. Se trata de una serie breve de apuntes que no superan la docena de páginas, recogidos hacia 1815 en la reducción de Santo Domingo Soriano. En ellos el estudioso presenta un puñado de memorias lingüísticas de los que, al parecer, eran los últimos tres ancianos hablantes de la lengua de los chaná, pueblo de cazadores, pescadores y recolectores que supo habitar las riberas del curso bajo del río Uruguay.

Sustentabilidad de los planes nacionales de lectura. ¿Qué considerar?

 

Por: José Castilho Marques Neto

 

He participado recientemente en Madrid del 6º Foro Iberoamericano de Literacidad y Aprendizaje y la 20ª Conferencia Europea sobre Lectura y Escritura en una mesa redonda con colegas de la OEI, Portugal y España. La coordinadora, consultora Inés Miret (Neturity), me planteó la cuestión de las posibilidades de permanencia de los Planes Nacionales de Lectura, esto es, ¿cómo hacerlos sostenibles con los cambios de gobiernos? Lo que sigue es una síntesis de mis observaciones acerca de ese tema fundamental y tiene como base argumentativa la experiencia de diez años del Plan Nacional del Libro y Lectura de Brasil, de los cuales estuve al frente durante siete años en dos periodos distintos.

Hay una observación previa a esa pregunta: ¿qué política pública de lectura buscamos implantar en Brasil entre 2006 y 2010 y qué denominamos Plan Nacional de Libro y Lectura? La observación que podría parecer especulativa es fundamental cuando se trata de formular y evaluar políticas públicas en un país como Brasil.

Y cuando me refiero a Brasil no es solo por su absoluta diversidad o su más cruel y persistente desigualdad, sino también porque no siempre lo que es presentado como política pública tiene en cuenta algo que debería ser esencial a todas ellas, es decir, los intereses y necesidades de la mayoría de la población brasileña. El PNLL, por su construcción sui generis en la historia de los gobiernos, con amplias y profundas consultas a todos los segmentos involucrados en la construcción de lectores en el país, se preocupó por formular e implementar políticas públicas que alcanzaran y dieran respuestas a la mayoría de la población brasileña e indujo la formulación de ejes de orientación de programas de Estado que tuvieron en cuenta, ante todo, las necesidades más agudas de esa población excluida de su derecho a la lectura y que hoy suman más de 153 millones de ciudadanos en una población de 207,8 millones de habitantes.

No se trató, por lo tanto, de forjar una política poco ambiciosa, poco amplia, orientada a resolver, como de costumbre, problemas sectoriales de sustentabilidad y desarrollo, por ejemplo, de los productores de libros. En Brasil solíamos escuchar durante años al Ministerio de Educación afirmar que era el mayor comprador de libros del mundo. De hecho, el Gobierno es responsable en promedio del 40% de la facturación de la industria editorial brasileña hace muchos años y contaba, hasta ahora, con una elección y distribución sensata de los títulos. Se constituyó, por lo tanto, en programa de Estado que impuso un avance real en el suministro de libros didácticos y de interés general y literario en las escuelas brasileñas de primer grado y de enseñanza secundaria. Sin embargo, y a pesar de estos programas de distribución de buenos libros en la Educación, el índice de alfabetización o de alfabetismo pleno en Brasil es de solo 26% de la población, según el Indicador de Alfabetismo Funcional – INAF (Instituto Paulo Montenegro). Ni siquiera las inmensas inclusiones de millones de personas en la educación constatadas entre 2003 y 2014 fueron suficientes para modificar porcentualmente ese índice.

Cuando iniciamos la formulación del PNLL sabíamos también que incomodaría mucho, por el escenario difícil que desnudaría tanto en el campo de la educación como en el de la cultura. Finalmente, por primera vez en el país se buscó nominar con todas las letras el porqué y la necesidad de crearse un plan nacional de lectura y escritura que, implantado como ley, podría modificar directrices y prácticas ya instaladas en zonas de confort de los gobiernos. Y al iluminar prácticas y concepciones equivocadas o insuficientes sobre ese tema nosotros enfrentamos, con el texto analítico y propositivo del PNLL, las profundas y diversas desigualdades que impiden la equidad pública y el uso de la cultura escrita por todos los brasileños.

El arco inmenso de necesidades a enfrentar para transformar a largo plazo una situación calamitosa de ausencia de recursos materiales y humanos para formar lectores se alió a la histórica “elitización” de las capas lectoras de la sociedad brasileña, constitutivamente excluyentes para los no lectores. Súmese a esta situación nacional el cuadro gravísimo de una era internacionalmente marcada por la “espectacularización” del cotidiano, por el culto al chisme y el desmerecimiento del trabajo de construcción intelectual y literaria, reemplazada cada vez más por productos literarios perversos que mueven grandes fortunas, pero que no forman lectores autónomos, críticos, señores de su propio pensamiento.

Cuando tratamos de sustentabilidad de un plan como ese, es de este tipo de política pública que mi respuesta trata. Sabíamos que la cuestión de la sustentabilidad sería el mayor desafío en un país con la historia de iniquidades como Brasil, marcado por la permanente discontinuidad de políticas públicas de inclusión. Ha sido necesario apostar alto, enfrentar la incomprensión incluso de aquellos que estaban como compañeros en los órganos de Gobierno, pero que seguían viendo el árbol y no el bosque, confundiendo un plan nacional de lectura con programas técnicos de formación lectora.

Con estos desafíos, las claves y las propuestas de sustentabilidad del PNLL nacieron junto con él y forman parte de su más profunda concepción de qué tipo de política pública necesitamos para Brasil. Y la concepción teórica buscó en la escucha de los militantes por la lectura su legitimidad: no es por casualidad que sumamos más de 150 reuniones por todo el país apenas en 2006; cuatro años de consulta pública abierta virtualmente entre 2006 y 2010; incontables seminarios y encuentros debatieron el tema con especialistas e interesados en los eventos de la cultura y de la educación y se realizaron aún tres conferencias nacionales de cultura entre 2007 y 2013. Entendemos hoy que el PNLL es un verdadero pacto social y constatamos su empoderamiento por todos los grupos que luchan por la lectura en Brasil – escucho por todo el país a los militantes de la lectura afirmar: nuestro PNLL.

Además de las acciones y programas en el Ministerio de Cultura y el de Educación inducidos por los ejes de acción del PNLL –como, por ejemplo, la implantación de bibliotecas públicas en casi 1.700 ciudades brasileñas que jamás habían tenido ese equipo-, lo que define mejor su sustentabilidad fue la opción política y metodológica del Gobierno federal que entendió estratégicamente que la construcción del PNLL debería ser en total sintonía con la sociedad civil, llamándola a formular y cooperar en la gestión de los cuatro ejes estructurantes del Plan.

La sustentabilidad expresada por el fundamento conceptual de unidad entre Estado y Sociedad más Cultura y Educación se tradujo en los cuatro ejes estructurantes que unieron todos los vínculos de la cadena para la formación lectora:

  1. Democratización del acceso a la lectura.
  2. Fomento a la lectura y a la formación de mediadores.
  3. Valorización institucional de la lectura e incremento de su valor simbólico.
  4. Desarrollo de la economía del libro.

Los órganos gestores del PNLL, formados por el gobierno federal y por la sociedad, incentivaron a partir de esos ejes la formación, desde 2008, de Planes Estatales y Planes Municipales de Libro y Lectura, descentralizando y llevando para el lugar de vivienda de los lectores y no lectores la responsabilidad y la autoridad de hacer crecer el movimiento por la formación lectora en Brasil. Hoy, en el estado crítico y de gran inestabilidad política del país, derivado de la deposición de una presidenta constitucionalmente electa, la llama de la sustentabilidad del PNLL se encuentra en los municipios, en los miles de acciones que se realizan cotidianamente con identidad a los principios del PNLL, hasta porque esos principios del plan nacional son una síntesis de la lucha pro-lectura practicada en Brasil por lo menos desde Mario de Andrade en la década de 1930.

La respuesta a la pregunta sobre la sustentabilidad de esta política pública sólo puede ser esta en el caso brasileño: las propuestas de futuro son los desdoblamientos de los programas formulados por el PNLL en sus cuatro ejes y la clave de esta sustentabilidad será la capacidad de resistencia y avance de la sociedad civil, que comprende que esta es una lucha estratégica para la autonomía ciudadana y para una sociedad más justa en Brasil, en la era de la información y del conocimiento.

Como tantos otros desafíos en mi país, tan marcado por la desigualdad y por la exclusión, la conquista del DERECHO A LA LECTURA y a la alfabetización es factor objetivo y estratégico para nuestra sustentabilidad y para nuestra democracia. Una vez más, será la respuesta de la sociedad organizada en torno a compromisos democráticos y de la cadena creativa, productiva, distribuidora y mediadora del libro y de la lectura la que podrá definir la permanencia o la discontinuidad de este Plan de formación de lectores que solamente obtuvo éxitos mientras fue aplicado con seriedad y respeto a sus principios y metas. En síntesis, se trata de realizar plenamente el sentido más elevado de la política pública, que es fomentar ciudadanía y afirmar derechos humanos, encrucijada permanente de nuestras sociedades aún en formación.

Libros y lecturas indígenas III: Libros cartoneros en lenguas indígenas

 

por: Edgardo Civallero

El movimiento sociocultural conocido como “editoriales cartoneras” nació con la aparición de la primera de estas editoriales, la ya célebre Eloísa Cartonera, en Buenos Aires en 2003. Aprovechando saberes y técnicas (sobre todo de encuadernación artesanal) puestos en práctica desde hacía décadas en toda América Latina, las editoriales cartoneras ―grupos de personas generalmente autoconvocadas― comenzaron a producir y a distribuir pequeñas tiradas de libros hechos a mano, comercializándolos a precios bajos en círculos limitados. En el proceso de creación se involucraron distintos actores, entre los que podían encontrarse determinados colectivos excluidos o en riesgo de exclusión socioeconómica. Originalmente, uno de los objetivos centrales de la propuesta era superar los estrictos límites del mercado editorial y hacer llegar la lectura ―en especial, aquellos contenidos difícilmente publicables desde una perspectiva meramente comercial― allí donde fuera más necesaria.

En la actualidad, las editoriales cartoneras latinoamericanas se cuentan por docenas, cada una con actividades y publicaciones que responden a un amplio (y a veces disímil) abanico de necesidades, intereses y perspectivas. A pesar de compartir denominación y técnicas de trabajo, las cartoneras no siempre comparten principios: alguna de ellas no han hecho más que aprovecharse de la idea y cooptarla, convirtiéndose en una compañía tradicional.

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Los libros cartoneros son productos relativamente sencillos en cuanto a estructura y producción. Sus páginas se imprimen o fotocopian (o incluso se escriben a mano) y luego se cosen o grapan. La “tripa” resultante se encuaderna entre dos tapas de cartón, que se realizan recuperando cajas de la basura (obtenidas de la calle directamente o a través de recolectores o “cartoneros”), limpiándolas y cortándolas a la medida. Las cubiertas y algunas secciones del interior del volumen se componen, ilustran y pintan a mano, combinando distintas técnicas artísticas (acuarela, gouache, témpera, entintado, collage, stencil, etiquetado, esgrafiado, grabado); los resultados son muy variables, y van desde tapas de cartón “en crudo” hasta pequeñas obras de arte. En la portada se coloca la información esencial: título, autor, editorial, fecha y, generalmente, alguna mención a los derechos y condiciones de distribución y uso. Los ejemplares suelen ser distintos entre sí, lo cual ha llevado a que algunos compradores los consideren “piezas únicas” y los traten como tales, convirtiéndolos en un bien de consumo elitista, para coleccionistas.

Tras revisar sus tres lustros de historia, varios analistas han señalado las muchas posibilidades ―potenciales y reales― del libro cartonero como herramienta de transformación: una herramienta libre, abierta y de base, capaz de provocar un cambio real y necesario. Pues el libro cartonero puede ser producido, mantenido y gestionado por sus propios impulsores, puede transmitirse y replicarse a costos relativamente bajos y de forma más o menos sencilla, y puede poner verdaderamente en entredicho y en jaque a algunas de las estructuras impuestas por el mercado o la cultura dominante.

En el marco de una sociedad que se mueve a ritmo de estadísticas y sondeos y en donde el credo capitalista preconiza que no se haga nada que no sea rentable y genere beneficios económicos, la elaboración de libros cartoneros llama la atención e invita a aminorar el paso y a detener, aunque solo sea un instante, la mirada. Pero el interés que provoca no proviene solo, ni fundamentalmente, de su intento de desacralizar el libro y arrancarlo de las manos del mercado, las compañías multinacionales, los autores e ilustradores “consagrados” y las políticas de copyright: eso lo llevan haciendo muchísimas editoriales independientes y “alternativas” desde hace décadas (a veces mucho más exitosamente, por cierto). Tampoco tiene demasiado de asombroso el hecho de que se reutilicen desechos de forma imaginativa ―e incluso artística― o se intenten “popularizar” y “democratizar” ciertas producciones y expresiones culturales: también es algo en lo que muchos colectivos llevan tiempo trabajando, con resultados verdaderamente notables. El trabajo cartonero resulta llamativo porque suma a todo lo anterior el simple y desinteresado do-it-yourself: salvo excepciones, los libros son obra de gente con perfiles muy dispares, que dedica su tiempo y sus ganas a hacer algo creativo con sus propias manos y los escasos elementos disponibles, de forma horizontal, cooperativa y comunitaria, sin ninguna intención a priori de obtener un beneficio económico a cambio y, generalmente, con algún tipo de motivación que va más allá de lo estético y se acerca a lo social (o viceversa).

En América Latinacartoneros 4, la creación sistemática y planificada de libros cartoneros dentro del sistema escolar, sobre todo en escuelas ubicadas en barriadas periurbanas y áreas rurales, podría complementar los materiales didácticos (p. ej. de aprendizaje y práctica de la lectoescritura) utilizados en las aulas, generalmente escasos y costosos. La misma acción puede desarrollarse dentro de redes de bibliotecas públicas, populares y rurales, siempre necesitadas de nuevos materiales con los que renovar, enriquecer o incluso crear sus colecciones. Por su parte, muchas sociedades originarias y minorías étnicas o lingüísticas podrían beneficiarse enormemente de este tipo de proyectos, dado que sus materiales escritos son escasamente publicados y, cuando lo son, suelen ser gestionados por actores externos como meros documentos de interés antropológico.

En comunidades indígenas, ya sean urbanas o rurales, los libros cartoneros podrían convertirse en una herramienta extremadamente útil. Podrían emplearse para apoyar la alfabetización en distintas lenguas originarias, produciendo materiales básicos de lectoescritura escolares o bibliotecarios (selecciones de narraciones, abecedarios y silabarios, prácticas de lectura, gramáticas). Por otro lado, resultarían adecuados como soportes sobre los que recuperar y con los que difundir fragmentos concretos de su cultura (p. ej. su tradición oral). Los dos puntos anteriores podrían combinarse: las recolecciones de tradición oral pueden plasmarse sobre libros cartoneros que se empleen en clase como material didáctico. Finalmente, las sociedades originarias pueden utilizarlos para darle visibilidad tanto a su situación actual como a sus modernos exponentes literarios y culturales.

Hasta el momento, las experiencias de uso de libros cartoneros dentro de comunidades indígenas se han visto limitadas a algunos proyectos escolares puntuales en México (véase Olarte y Zacarías, 2014). Comparativamente, ha habido algunas más en el ámbito de la publicación de expresiones literarias aborígenes contemporáneas, en idiomas nativos o no, fuera de las comunidades.

Una de las primeras editoriales cartoneras en publicar libros en lenguas indígenas fue la argentina Ñasaindy Cartonera Editorial (“luz de luna”, en guaraní), ubicada en la provincia de Formosa y nacida en agosto de 2009. Ñasaindy publicó los trabajos del poeta Víctor Ramírez, del pueblo Qom del noreste de Argentina.

Cartonazo Editores, una propuesta de los alumnos de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, aparecida en Lima (Perú) en 2013, ha realizado talleres de elaboración de libros cartoneros como “Yoshin Koshki” en la comunidad de Cantagallo, en la propia Lima. Allí residen numerosísimos migrantes del pueblo Shipibo-Conibo, desplazados desde sus territorios originarios en las áreas selváticas del oriente del país.

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Un proyecto potencialmente interesante es el de Qinti Qartunira, una cartonera vinculada al pueblo Kichwa-Lamista del departamento de San Martín, en la Alta Amazonia peruana, cuyo nombre se traduce como “Cartonera Colibrí”. Fue creada en 2011, con el apoyo de Sarita Cartonera (una de las primeras y más influyentes editoras cartoneras peruanas) y del Consejo Étnico de Jóvenes Kichwa de la Amazonía (CEJOKAM), y tiene una de sus sedes en la comunidad de Kawana Ampi Urku Las Palmeras. Los libros se hacen con tapas de cartón que no se decoran directamente, sino que se cubren con lona o con tejido de algodón que luego se pinta o se borda con semillas. Se trata de una propuesta en la que participan muchos observadores externos (especialmente antropólogos extranjeros) y que, de momento, solo ha publicado textos sobre la lengua quechua.

En Venezuela, Dirtsa Cartonera, fundada en Maracay en 2014, incluye en sus fondos una colección de poesía indígena. Y en México, el trabajo de Iguanazul Cartonera recoge textos producidos por autores nativos y los publica en los idiomas originarios de aquel país y en castellano.

La propuesta de creación, utilización y aprovechamiento de libros cartoneros en ámbitos indígenas no implica que se desestime la producción de libros y otros materiales en lenguas aborígenes por parte de editoriales del mainstream y de instancias oficiales (p. ej. gubernamentales). Deben continuarse los reclamos para que se normalice la elaboración, publicación y distribución de documentos educativos, artísticos o de ocio, que recojan las culturas nativas latinoamericanas, especialmente a través de sus propios códigos lingüísticos.

De más está decir que los libros cartoneros no son una solución definitiva para los numerosos problemas a los que se enfrentan las sociedades originarias latinoamericanas en el ámbito educativo, sociocultural e identitario. Aún así, pueden considerarse como una propuesta que ayude a llenar vacíos y paliar ausencias temporalmente y, ya de paso, que permita a los usuarios/destinatarios de esos textos aprender a identificar sus necesidades, pensar soluciones posibles y factibles, enfrentarse a dificultades y barreras, imaginar formatos a través de los cuales recuperar, expresar y difundir sus culturas y sus lenguas dentro y fuera de sus sociedades, y conocer el proceso de diseño y producción de uno de esos formatos, el más habitual en la actualidad: el libro.

Lecturas

Civallero, Edgardo (2015). Libros cartoneros: olvidos y posibilidades. [En línea].

Olarte Tiburcio, Eleuterio; Zacarías Candelario, Juana (2014). Libro cartonero: una alternativa para la integración a la cultura escrita en lengua indígena. Correo del Maestro, 223, diciembre. [en línea].

 

 

Las bibliotecas son más que libros

 

por: Gonzalo Oyarzún 

Las bibliotecas, especialmente las públicas, son lugares de transformación donde la comunidad cambia y mejora su calidad de vida. Son espacios de experimentación de los sentidos, en un concepto amplio: laboratorios para las sensaciones, una oportunidad para leer, escribir, cocinar, olfatear y comer, un lugar para escuchar y también para cantar, una ventana al asombro donde crear comunidad.

Libros y lecturas indígenas II: Voces robadas

 

por: Edgardo Civallero

Las colecciones de conocimiento y materiales culturales indígenas presentan retos específicos para las bibliotecas, los archivos y otros servicios de información, derivados de las complejas condiciones históricas, culturales, legales y políticas bajo las cuales tales colecciones fueron establecidas. Al aceptar estos retos, reconocemos que existen diferentes tradiciones de gestión del conocimiento y que hay diferentes perspectivas y racionalidades de preservación, acceso y uso en juego. Los individuos indígenas […] plantean cada vez un mayor número de cuestiones sobre temas como la propiedad, el acceso y el control, y quieren verse más involucrados en el proceso de documentación, presentación y representación. Estos reclamos son difíciles porque generalmente dejan al descubierto las circunstancias políticas e históricas que llevaron al desarrollo de las colecciones en primer lugar (Wendland, 2008 : 2).

El Plan Nacional del Libro y la Lectura de Brasil (PNLL) una necesidad supra gubernamental

 

Desde el 2006, año en el que se formó el Plano Nacional do Livro e Leitura (PNLL) la lectura ha sido un objetivo nacional para República Federativa de Brasil. José Castilho, ex Secretario Ejecutivo del PNLL, habló con el CERLALC acerca de la importancia de crear un marco legal que proteja la formación lectora más allá del contexto de cada país. La necesidad de crear sociedades lectoras está por encima de cualquier partido u actor político y por eso mismo debe ser respaldada por un marco legal que promueva la formación de hábitos de lectura a través del tiempo.

Libros y lecturas indígenas I: breve recorrido de cinco siglos

 

por: Edgardo Civallero

Podría pensarse que las trayectorias de la historia de los libros escritos en lenguas indígenas y la de la lectura entre los pueblos nativos de América Latina hubieran tenido que ser coincidentes. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: esas historias comenzaron y se desarrollaron por separado, y solo en tiempos recientes una y otra unieron sus pasos y sus senderos.

La lectura como eje en las bibliotecas

 

por: Consuelo Gaitán

Dado el carácter fundamentalmente escrito de nuestras sociedades y culturas, pensar en la lectura y la escritura como principal compromiso de la biblioteca pública implica el reconocimiento de que el acceso y disfrute de la palabra escrita es una necesidad que antecede a múltiples actividades de la vida privada y colectiva de las personas.