Edición universitaria en América Latina: lo que dicen los datos

 

Por Marianne Ponsford

No hay duda de que el sector de la edición universitaria en América Latina se ha fortalecido durante los últimos diez años. Es grato reconocer que de aquel sector que necesitaba urgentemente contar con políticas que aseguraran su autonomía y continuidad, que fomentaran la profesionalización de sus equipos y que identificaba en la piratería y la fotocopia ilegal su principal obstáculo, tan bien caracterizado en la investigación Las editoriales universitarias en América latina[i], hoy exista una versión adulta que tiene clara su misión como vehículo para difundir conocimientos útiles para el desarrollo de las sociedades.

Es incluso más satisfactorio saber que la edición universitaria no solo se ha fortalecido, sino que se ha posicionado como uno de los segmentos con mejor proyección dentro de la industria editorial en Latinoamérica. Porque mientras otros agentes del ecosistema del libro tienen dificultades para adaptar su tradicional modelo de negocio a los cambios que generan el uso de las nuevas tecnologías y los nuevos enfoques de las políticas internacionales que fomentan el acceso libre al conocimiento, los modelos alternativos e independientes de las editoriales universitarias han logrado implementar estrategias novedosas para fomentar la publicación digital, al acceso abierto a los contenidos y la promoción de la bibliodiversidad.

Estas afirmaciones halagadoras y optimistas tienen un sustento real en los datos recolectados por las agencias de ISBN de la región y que han sido analizados ampliamente en la investigación El espacio iberoamericano del libro 2016[ii], publicada por el Cerlalc este año. Según los análisis del Cerlalc, en el 2015, los avances de la edición universitaria de la región son importantes: su participación en el total de libros editados en América Latina se ha incrementado y es significativa, la cantidad de títulos también ha crecido y no dejan de hacerlo año tras año y hoy imprimen más ejemplares y publican más en formatos digitales que cualquier otro agente editorial. Además, los libros son de tantas y tan variadas áreas del conocimiento como son diversos los programas curriculares que existen en la gran red de universidades del sistema educativo latinoamericano. Pero veamos lo que dicen los datos sobre la edición universitaria de Latinoamérica.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy tienen más títulos y logran una participación mayor en la producción editorial total de sus países, lo que favorece la bibliodiversidad en la región. En nueve países de América Latina, los títulos registrados por las editoriales universitarias superan el 10 %. Los casos más significativos son los de Costa Rica, en donde la participación de las publicaciones universitarias es del 26%. En Ecuador y en Colombia, alcanzan el 20,5 %. En El Salvador es del 20%, en México es del 16%, en Perú del 14%, en Chile del 12%, en Nicaragua del 11% y en Venezuela del 10%. En Colombia, por ejemplo, los 3634 libros registrados por editoriales universitarias representan el 20,5% de los libros registrados en el 2015, que son 17 723. En todo caso, entre los países de la región hay asimetrías. Eso lo confirma que, por ejemplo, en República Dominicana la participación solo alcanza el 6%, en Bolivia el 3% y en Paraguay el 2%.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy producen más ejemplares de sus títulos, lo que favorece el acceso y la difusión del conocimiento. Según los datos de las agencias ISBN de la región, las editoriales universitarias imprimieron 10,4 millones de ejemplares de sus títulos en el 2015, lo que representa un aumento del 27% respecto al 2014. Los países que tienen el promedio de ejemplares por título más alto son Brasil con 1080 ejemplares, México con 831 y Perú con 757. El caso de Colombia es especial porque aunque las editoriales universitarias publicaron más títulos en el 2015, la cantidad de ejemplares impresos disminuyó en un 25% en comparación con el 2008. Esto puede tener que ver con que las políticas de las editoriales universitarias colombianas han determinado racionalizar los tirajes de las ediciones demasiado especializadas y técnicas y han optado por fortalecer la publicación en formatos digitales.

Las editoriales universitarias latinoamericanas hoy publican más títulos en formato digital, lo que favorece el acceso al conocimiento a través del uso de las tecnologías de la información. En el 2015, la edición de títulos universitarios latinoamericanos en formatos digitales alcanzó el 34% de las obras que publicaron estos agentes editoriales el mismo año. Esto representa un aumento de casi el doble en relación con los títulos aparecidos en formatos digitales en el 2010 y un avance importante en la inclusión del uso de las tecnologías de la información en las políticas editoriales. Pero este indicador contiene una alerta: la publicación digital continúa siendo mayoritariamente en PDF. Esto supone la necesidad de crear capacidades técnicas en lo que respecta al libro digital en las editoriales universitarias. En el caso colombiano, por ejemplo, de los 1422 libros digitales registrados por las universidades, 910 aparecieron en .pdf y solo 404 en .epub. Los pocos títulos restantes se publicaron en .html, .exe, .asci y en aplicaciones para IOS y Android.

Las editoriales universitarias en América Latina hoy publican en todas las áreas del conocimiento. Esto prueba que están cumpliendo con su misión de favorecer el desarrollo social de los países a través de la producción y difusión de conocimientos relevantes y útiles para la sociedad. En América Latina, la materia predominante son las ciencias sociales, con un 38% de participación; después está la tecnología con un 13% y la literatura con un 8%. Pero este resultado que se presenta de forma simple es tan complejo de calcular como es compleja la clasificación temática en los registros de las agencias ISBN. Un ejemplo claro es el de Colombia, donde los 3634 libros registrados por editoriales universitarias en el 2015 fueron clasificados en 508 áreas de conocimiento. Esto resulta en una temática por cada 6 libros. Además de indicar una gigantesca variedad de campos temáticos, esto también indica un cierto grado de desorganización que afecta la catalogación y el acceso a los libros.

Los datos de las agencias de ISBN de la región no mienten: los contundentes avances que la edición ha alcanzado en las universidades en América Latina son reales. La explicación de estos afortunados adelantos debe ser compleja y extensa, pero me atrevo a identificar dos causas principales que se originan en el interior mismo del sistema educativo universitario. La primera es que las políticas de fomento a la investigación se convirtieron en una condición obligatoria en las instituciones, lo que propicia que las universidades y sus profesores investigadores produzcan cada año más conocimientos en todas las áreas. La segunda es que dentro de los sistemas académicos fueron finalmente identificadas las oficinas de publicaciones como medios efectivos para la difusión de esa gran cantidad de conocimientos recientemente producidos. Esto permitió la tecnificación de las editoriales y la profesionalización de sus equipos.

Esta evidente relación de interdependencia de las editoriales y sus universidades hace que las 846 editoriales identificadas por las agencias ISBN reflejen las particularidades de la academia de cada uno de los países y las características generales del sistema educativo de Latinoamérica. Los datos dan de nuevo varias pistas que confirman esta afirmación. Por ejemplo, es significativo que la concentración de editoriales universitarias de la región se encuentre en solo tres países: Brasil, con un 23%, México, con el 18% y Colombia, con el 15%, suman el 56%. También dice mucho que, por ejemplo, en Colombia, el registro de libros universitarios se concentra en Bogotá, con un 51% de títulos registrados, y que en este país las universidades privadas publiquen más títulos que las universidades públicas (esta tendencia incluye la producción de libros digitales).

Tampoco podemos perder de vista que el fortalecimiento del sector editorial universitario en Latinoamérica es asimétrico y que no todas las editoriales cuentan con catálogos consolidados o con canales efectivos de distribución y comercialización, que las necesidades de profesionalización persisten y que todavía muchos gobiernos académicos desconocen los procesos propios de la publicación de libros. También subsisten algunos problemas: los catálogos mantienen libros con incidencia más política de los órganos de gobierno que de las agendas académicas; los diseños de las colecciones carecen de criterios estéticos definidos y podrían inspirarse más en la edición comercial; las librerías académicas escasean y las existentes no trabajan en red con las universidades; y, por último, las plantillas de editores tienen salarios menores que las de la edición nacional comercial, lo que los hace menos competitivos. Estos cuellos de botella no son irremediables, pero deben ser enfrentados con rapidez.

Para finalizar, hay que entender que el fortalecimiento generalizado de la industria editorial universitaria implica la aparición de nuevas problemáticas y de nuevos retos que requieren de acciones inmediatas por parte de todos los actores que hacen parte del sector. También es fundamental identificar que el más importante de estos retos es que los contenidos académicos y científicos sean percibidos como diversos, interesantes y útiles, para de esta manera crear y consolidar su público lector objetivo. Sería injusto no reconocer que este trabajo se viene haciendo. Prueba de esto es la presencia del debate sobre edición universitaria en las agendas culturales de las ferias del libro de Madrid, Lima, Bogotá, Panamá, Buenos Aires y Guadalajara, por mencionar algunas. Pero los esfuerzos necesarios sobrepasan el debate e incluyen temas como la función de los medios de comunicación, que desde la especialidad del periodismo científico pueden acercar el conocimiento académico a los públicos, y fomentar la participación de los títulos universitarios en los procesos de compras de libros que dotan a las bibliotecas públicas, lo que mejoraría el acceso abierto y público al conocimiento para todos. Una especial mención merece la reciente realización de la primera edición de la Feria Internacional del Libro Universitario de la UNAM, en la Ciudad de México, que es una prueba inequívoca del compromiso de la sociedad (gobiernos, empresa privada, academia y sociedad civil) con la creación de sociedades lectoras del conocimiento producido en las universidades.

 

[i] Rama, Claudio; Uribe, Richard. Las editoriales universitarias en América latina, de Sagastiazábal, Leandro; Cerlalc. Iesalc. 2006

[ii] Salinas, Lenin Monak. El espacio iberoamericano del libro 2016; Cerlalc. 2017

 

Publicado originalmente por la revista Unelibros edición No. 35 otoño 2017. Sección Firma Invitada.

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¿Para qué sirven las leyes de promoción de la lectura?

 

Por: José Castilho Marques Neto 

Vivo en un país, Brasil, en donde se puede aplicar con frecuencia un viejo dicho popular que afirma que hay leyes que se ejecutan y otras que jamás lo serán. En el lenguaje común, son las “¡leyes que pegan y las que no pegan!”. Considerado “natural” por buena parte de la población, ese lado perverso del “jeitinho brasileiro”[1] demuestra con claridad nuestro profundo atraso en cuestiones fuertemente relacionadas a las cuestiones democráticas, en una sociedad tan autoritaria y desigual como la brasileña.

No puedo afirmar que una visión tan limitada como esta, que no comprende el concepto y la utilidad de las leyes en una sociedad compleja, sea común a los países de nuestra región. No tengo conocimiento suficiente del conjunto de los países para cuestionar una visión de mundo que se asemeje a la brasileña, pero gracias a los muchos años que tengo como “viajero” por América Latina, y habiendo debatido en muchos y diversos foros nacionales e internacionales en los últimos 35 años, me atrevo a afirmar que las cuestiones que implican la lucha por legislaciones a favor del libro, la lectura, la literatura y las bibliotecas son algo aún distante para la mayoría de los militantes del sector.

En las diversas ocasiones en que debatí estas cuestiones, quienes las traían a la luz siempre eran profesionales con experiencia en organizaciones de cooperación internacional, como el Cerlalc, o agentes públicos interesados en conseguir alguna durabilidad temporal de los programas de promoción del libro y de la lectura en curso, en la coyuntura en la que actuaban. O incluso, por representantes de la economía del libro, empresarios del sector interesados en una legislación protectora, de preferencia que rebajara sus impuestos y tasas. De hecho, y haciendo ahora una retrospectiva, no recuerdo que el asunto “legislación” haya sido pauta de los muchos y muchos encuentros que tuve con la militancia, que conforma la formación lectora en toda Latinoamérica.

Los fomentadores y mediadores de la lectura piensan en todo, pero creo que no consideran con la debida importancia el hecho de que exista o no una ley que reglamente las cuestiones vinculadas a la lectura. Preocupados con sus acciones y programas, con el espíritu emprendedor nato y las enormes dificultades que acompañan las iniciativas que llevan a cabo en la base de la pirámide social, en las escuelas, en las asociaciones de barrio, en las periferias, en los campos y lugares casi inaccesibles, esos liderazgos consideran, en general, que la legislación no es esencial.

Evidentemente estoy generalizando y siempre será posible encontrar en la militancia por la lectura a aquellos que conocen la importancia y defienden la lucha por la creación y perfeccionamiento de leyes para el sector. Pero me atrevo a afirmar que la mayoría de los liderazgos no considera central ese reto y muchos incluso lo desconocen. Tanto se presenta esto como verdad, que una de las preguntas que más me hacen es: “¿para qué sirven las leyes del libro y la lectura?”. Con cierta frecuencia, esa pregunta se completa con una afirmación: “Necesitamos recursos y reconocimiento del trabajo que hacemos, no leyes”.

Con todo el respeto por los resultados que los trabajos de formación de lectores presentan con mucha constancia en toda América Latina, estoy en firme desacuerdo con el menosprecio que hemos demostrado frente a las leyes para el sector y su defensa como estrategia fundamental para que obtengamos políticas públicas de libro, lectura, literatura y bibliotecas en nuestros países.

La lucha por la conquista de legislaciones que obliguen al poder público a tener políticas públicas de lectura oficialmente instituidas, con directrices democráticas e incluyentes y recursos destinados a su ejecución, es una estrategia cada vez más necesaria en un escenario político e institucional muy variable, a veces incierto, en donde conceptos como el de “posverdad” surgen para contradecir la nítida verdad de los hechos que están frente a nuestros ojos, nuestra razón y nuestra sensibilidad. Al fin y al cabo, mis estimados amigos, los gobiernos realmente hacen las políticas públicas cuando promulgan marcos legales (leyes, decretos, resoluciones) y le aplican recursos a esa política. Sin esos dos requisitos, lo que tendremos es la retórica y discursos vacíos de los gobernantes.

Defender nuestros derechos democráticos como ciudadanos, y defender el derecho a la lectura como un derecho humano para todos, es un asunto demasiado serio y estratégicamente fundamental para la formación integral de las personas y para nuestro desarrollo sostenible. Por eso, no puede quedar a la deriva de las voluntades e idiosincrasias de los gobernantes y liderazgos presentes o futuros. Es necesario imponer esa voluntad de la mayoría, de ejercer sus habilidades y sensibilidades en la lectura, en textos de leyes perennes, orientadoras de las directrices públicas de toda la cadena creativa, productiva, distributiva y mediadora de la lectura, haciendo real o posible en determinado plazo la política de lectura en los países de la región.

Para nuestros países, en los que los niveles de lectura y de formación de lectores son inadmisibles y es necesario avanzar mucho, obtener legislación adecuada y generosa para ampliar el acceso al libro y a la lectura, formar mediadores y apoyar la economía del libro se tornan medidas urgentes provenientes de la buena aceptación que todos los países tuvieron de la aplicación de los primeros Planes Nacionales de Lectura, desde el año 2006.

Exitosos en su corta duración hasta ahora, algunos avanzando, otros naufragando, los Planes Nacionales de Lectura mostraron con claridad que, antes que nada, necesitamos un buen tiempo para alcanzar de hecho un avance significativo en el índice de lectura y de alfabetización en nuestros países. Necesitamos tiempo y trabajos coherentes de formación lectora, que pasarán por generaciones hasta que nos consideremos países lectores, en donde el derecho a la lectura sea ejercido plenamente y fomentado por el poder público.

¿Cómo avanzar ese tiempo en una sociedad movida por intereses profundos si no tenemos un marco legal, una letra marcada en nuestras legislaciones, que nos garantice luchar como ciudadanos por el derecho a la lectura?

No debemos tergiversar lo que es fundamental para nuestra sociedad y para nuestra permanencia como seres humanos que buscan la equidad. No olvidemos que cuando se trata de derechos humanos, aquellos que están contra ellos siempre evitarán los compromisos en relación a su ejercicio efectivo. Y nuestro compromiso debe quedar bien grabado, permanentemente, en una legislación clara y objetiva, que delimite y establezca los caminos de acción de la lectura del Estado.

La respuesta a la pregunta que titula este artículo es simple y directa: necesitamos leyes que instituyan y defiendan el derecho a la lectura y todos los vínculos de ese sector de la cultura, ya que implican un compromiso, un pacto social realizado por la mayoría de la sociedad que entiende la importancia estratégica de la lectura para el desarrollo sostenible de nuestras naciones.

La lucha por estas leyes, junto con la lucha por la implantación de las que ya fueron promulgadas, debe ser parte efectiva de nuestras reivindicaciones frente a los poderes ejecutivo, legislativo y judicial en nuestros países. Incorporar las banderas de marcos legales para el libro, la lectura, la literatura y las bibliotecas con la finalidad de fomentar políticas públicas de inclusión es un asunto urgente y forjará una legitimidad aún mayor a nuestros movimientos cotidianos, para formar lectores y ciudadanos.

 

[1] La expresión “jeitinho brasileiro” no tiene una traducción literal en español, aunque “jeito” significa habilidad, destreza o forma de ser. “Jeitinho brasileiro” se usa para expresar una manera “especial” de resolver una situación difícil o adversa a los objetivos de un individuo; puede ser vista como una manera creativa, astuta o propia de alguien con habilidades, pero también es vista como una manera poco ortodoxa o legal de resolver el problema.

El Sistema Nacional de Bibliotecas de Costa Rica, una respuesta oportuna para la gestión de la información

 

Por: Lovania Garmendia Bonilla

 

No se progresa mejorando lo que ya está hecho,

sino esforzándose por lograr lo que aún queda por hacer.”

Kahil Gibrán

El desarrollo de las bibliotecas en Costa Rica se puede ubicar en la segunda mitad del siglo XIX, luego de la llegada de la imprenta en 1830 y las reformas educativas que promovieron el establecimiento de la Dirección General de Bibliotecas en 1890, la creación de Bibliotecas Públicas en el distrito de San Ramón (1879) y las cabecera de provincia de Cartago (1882), Alajuela (1887) y Heredia (1890). Además, en el año 1888 se fundó la Biblioteca Nacional. Posteriormente se crearon más bibliotecas públicas por medio de la alianza con municipalidades, fundaciones o asociaciones que han identificado la biblioteca como aliado estratégico para el desarrollo cultural, social y económico del país y con las cuales se firmaron convenios en el año 1982.

En el año 1999 se crea el Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI) mediante decreto número 23382-C, en el que se oficializa como órgano rector de las bibliotecas públicas y de la Biblioteca Nacional, renovando las funciones y organización en concordancia con la funcionalidad institucional del momento. El proceso histórico de la Biblioteca Nacional y las bibliotecas públicas de Costa Rica ha permitido que para el año 2017 el SINABI esté conformado por 61 bibliotecas. (Véase mapa)

 

Fuente: Dirección de Bibliotecas Públicas

La estructura orgánica del SINABI está conformada por la Dirección General, la Dirección de Bibliotecas Públicas (con sus 60 bibliotecas públicas y el servicio de Bibliobús), la Dirección de Biblioteca Nacional (con sus diferentes secciones), y las unidades Administrativo Contable, Automatización, Proyectos de Construcción, Unidad Técnica (con la Agencia Nacional ISBN-ISSN), el Archivo Central y el Taller de Conservación y Restauración. (Véase video).

Cada uno de estos elementos conforma un Sistema Nacional de Bibliotecas con solidez administrativa y legislativa, el cual cuenta con profesionales con mística y compromiso que dirigen y laboran en cada unidad o departamento. Como referente nacional en el campo de la bibliotecología, el SINABI brinda capacitación y orientación para las comunidades que pretenden crear una biblioteca pública, una sala de lectura, una biblioteca comunal o desarrollar actividades de promoción del gusto por la lectura. La conformación y funcionamiento como Sistema ha permitido establecer siete programas en los cuales convergen las actividades de las bibliotecas del SINABI, a saber: Soy bebé y me gusta leer; Arcoíris de lectura; ¡Pura vida! Jóvenes a leer; La biblioteca pública de la mano con la persona adulta; Huellas de oro; Biblioteca de puertas abiertas; Bibliobús: Viajemos con la lectura. (Véase video).

La teoría general de sistemas, concebida por Ludwig von Bertalanffy en la década de 1940, ofrece una forma de mirar el SINABI como la interacción de las partes para conformar la totalidad y viceversa. Las bibliotecas, como unidades culturales, educativas y de información, son en sí mismas sistemas y subsistemas debido a su organización y funcionamiento. Toda acción de la biblioteca y las unidades administrativas debe conceptualizarse como un patrón circular de estímulo y respuesta dinámico entre las diferentes unidades y su relación con su ámbito de acción o el suprasistema correspondiente.

Reunión general anual con todo el personal del SINABI (Biblioteca Nacional y las diferentes unidades de las 60 bibliotecas públicas de todo el país). Foto de la autora.

Cada uno de los programas del SINABI está estrechamente relacionado con las metas del Plan Nacional de Desarrollo del Estado y con los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y enlazados de forma complementaria. Desde cada biblioteca, departamento o unidad se apoyan las acciones del país en cumplimiento con los compromisos internacionales.

La estructura sólida del Sistema ha permitido direccionar el quehacer del personal hacia un rumbo común en beneficio de la totalidad. La promoción de la lectura en diferentes grupos de edad se ha desarrollado desde hace varios años en las bibliotecas del SINABI. En el año 2005 se instauró el “Festival Nacional del Libro y las Bibliotecas Públicas” en el entorno de la celebración del día del libro. En el año 2008, “Año Internacional de las Bibliotecas Públicas”, se inició el proceso de enmarcar las actividades de cada mes con un tema general para todas las bibliotecas. Posteriormente, en el año 2010, luego de sesiones de trabajo en equipo y de consulta a diferentes actores de las bibliotecas públicas, se seleccionaron los nombres de los programas conocidos actualmente para enmarcar las actividades que realizan las bibliotecas en beneficio de los diferentes grupos etarios cuyo tema transversal es la promoción del gusto por la lectura de diferentes formas. Este accionar ha permitido que las comunidades redescubrieran las colecciones de las bibliotecas y a la biblioteca como espacio de encuentro, socialización y aprendizaje permanente.

La conformación del Sistema ha requerido de ajustes y organización del quehacer de forma conjunta e integrada tomando en cuenta a cada individuo y el interés institucional, varios elementos han sido estratégicos para la integración de las partes, entre ellos:

  • La comunicación ha sido uno de los emblemas que ha permitido la definición más clara del norte del SINABI, ya que ha permitido crear de forma conjunta, las líneas y procedimientos con base en la puesta en común de ideas, la capacitación permanente y la actualización constante de procesos y procedimientos de labores y servicios en beneficio de la comunidad.
  • El desarrollo de actividades y programas integrales desde las bibliotecas públicas es una estrategia democrática de inclusión de la comunidad costarricense en la sociedad de la información, y de este modo se responde a las necesidades públicas y privadas de recurso humano con mayores conocimientos en la búsqueda, localización, selección y uso de la información para la toma de decisiones asertivas.
  • La capacitación y actualización tecnológica de forma personalizada que atiende las inquietudes y necesidades individuales ha permitido mayor identificación y comprensión por parte de cada participante con el interés común. Dicha propuesta debe convertir la biblioteca en un espacio de encuentro, socialización y aprendizaje interesante, llamativo y ameno que estimule la creatividad, la imaginación y el pensamiento crítico.
  • Las bibliotecas públicas del SINABI asumieron el reto de ofrecer a la comunidad un abanico de opciones culturales de información y recreación de acuerdo con los nuevos requerimientos de los usuarios. Estanterías abiertas, préstamo a domicilio, cursos de alfabetización informacional, talleres de estimulación del gusto por la lectura desde la temprana edad, entre otras.
  • La identificación clara de metas y objetivos permite que el personal se encamine hacia el fin común de forma natural en beneficio de la comunidad. Las metas planteadas en los planes de trabajo generalmente son superadas ya que, gracias a la gestión local realizada por los bibliotecólogos y bibliotecólogas, siempre surgen nuevas actividades con apoyo de la comunidad, voluntariado, trabajo comunal, entre otros.
  • El relevo generacional del personal ha requerido de organización de los elementos del Sistema de forma que permita dar continuidad al trabajo desarrollado y la incorporación de la innovación y la creatividad. La alianza con gobiernos locales y la empresa privada se ha orientado hacia los fines comunes en beneficio de la comunidad en la cual se identifican resultados comunes de negociación y ganancia mutua. Este papel de la biblioteca como componente proactivo del quehacer de la sociedad redunda en un impacto para el país como apoyo al desarrollo integral de la niñez y la juventud para su posterior incorporación al mundo laboral con mejores estrategias en el uso inteligente de la información para la toma de decisiones personales, profesionales y laborales con responsabilidad social, ambiental y de respeto a la diversidad de miembros de la sociedad.

Para el SINABI funcionar como Sistema ha sido estratégico y ha permitido alcanzar los siguientes logros, además de los antes mencionados:

  • Realizar análisis en tiempo real de labores, servicios y actividades de las bibliotecas en cada uno de los siete programas y el quehacer de las oficinas administrativas.
  • Hacer parte de la política pública de Telecomunicaciones del país.
  • Firmar un convenio con el Ministerio de Ciencia y Tecnología para incorporar a las bibliotecas en el servicio de Centro Comunitario Inteligente.
  • Firmar un convenio con el Ministerio de Justicia para la incorporación de una biblioteca en siete Centros Cívicos para la generación de la cultura de paz y prevención de la violencia.
  • Establecer una alianza con el Ministerio de Educación Pública y el Colegio de Profesionales en Bibliotecología para la promoción e implementación de la agenda 2030.

Conformar la organización de las bibliotecas públicas y la Biblioteca Nacional como un Sistema es la forma más efectiva y eficiente de aprovechar los recursos y el talento humano para brindar mejores servicios a la comunidad y apoyar el desarrollo económico y social de un país. A la Dirección de Bibliotecas Públicas le corresponde el planeamiento organización y supervisión de las actividades profesionales, técnicas y administrativas que se desarrollan en las bibliotecas públicas. La gestión que se realiza en esta dirección ha requerido de la aplicación de conocimientos profesionales y amplia experiencia en el campo de la bibliotecología, gestión de la información, administración, administración pública y en aplicación de programas de gestión bibliotecaria, así como el conocimiento de la legislación nacional e internacional y normativas institucionales.

La función de la Dirección de bibliotecas públicas ha obligado a la actualización y transferencia permanente de conocimientos en concordancia con el contexto de la sociedad de la información y el conocimiento de forma que permita apoyar la labor en cada biblioteca pública del Sistema por medio de la elaboración de propuestas modernas con base en el trabajo en equipo y la gestión documental y bibliotecaria como un esfuerzo interdisciplinario de alfabetización en información.

En este nuevo mundo lleno de tecnologías y necesidades socioculturales la Dirección de Bibliotecas Públicas enfrenta el reto de asumir un papel activo en el desarrollo del personal de las bibliotecas en la sociedad de la información y el conocimiento y debe cumplir con el papel que le corresponde en la concientización de los funcionarios respecto al valor de la información en el proceso de crecimiento de la comunidad a la cual sirve, así como el papel que debe asumir en el contexto de la realidad actual.

 

Referencias

Garmendia Bonilla, Lovania. (2016). Informe Anual. San José, C.R.

Garmendia Bonilla, Lovania. (2017). Informe de seguimiento semestral 2017. San José, C.R.

Reseña histórica Biblioteca Pública de Heredia. Disponible en: http://bibliotecaheredia.com/acerca/. Consultado el 17 agosto 2017.

Biblioteca Pública de Alajuela – Miguel Obregón Lizano. Disponible en: https://si.cultura.cr/infraestructura/biblioteca-publica-de-alajuela-miguel-obregon-lizano.html. Consultado el 17 agosto 2017.

Reseña histórica Biblioteca Pública de San Ramón. Disponible en: https://si.cultura.cr/infraestructura/biblioteca-publica-de-san-ramon-ramon-echavarria-mesen.html.  Consultado el 17 agosto 2017.

 

 

El futuro de las bibliotecas

 

Por: José Castilho Marques Neto

¿Cuál es el futuro de las bibliotecas? Esa pregunta está siempre presente en las conferencias que hago en la región iberoamericana. Y tiene razón de ser en este mundo en el que la era de la información virtual se está mostrando como la era de la individualidad y de la búsqueda solitaria. Después de todo, ¿cuál es el sentido de la biblioteca en un futuro cuya búsqueda por la información se obtiene en la palma de la mano? Pero, ¿sería solamente la búsqueda de la información el sentido de una biblioteca?

Mi biblioteca personal almacena, además de los libros, algo que considero esencial para la existencia: mis cantantes, orquestas, instrumentistas, música de todas partes, de todos los géneros, que son una especie de alimento que amo y preservo desde que tengo memoria. Allá están varios medios que acompañaron mi vida: DVD, CD, LD, casetes, LP (long play o vinilos) e incluso algunos discos 33 R.P.M. heredados de mis padres, ¡y que esperan pacientemente mi soñada compra de un gramófono! Fue justamente al reponer, después de una limpieza, todo ese valioso material en la repisa, que empecé a hacer conexiones con lo que pretendía escribir en este artículo.

Tengo vinilos de la década de 1960 y cuando los uso siempre vuelven memorias de cómo llegué a ellos. Viví hasta 1971 en una pequeña ciudad al interior de São Paulo que, como millares de otras del Brasil y de América Latina, tenía poca información de lo que sucedía en los campos artístico y cultural, a no ser aquella vehiculada por las ondas de radio, de la incipiente televisión y por la prensa, en aquella época censurada por la dictadura militar vigente en el Brasil de aquel periodo. Uno de los vinilos que más me gusta es el de Ella Fitzgerald, que despertó mi gusto por el jazz en 1969, cuando lo compré. También limpié mi primer gran vinilo de Elis Regina y lo devolví a la repisa, así como un vinilo que reúne en audio pasajes de la mejor poesía y prosa de Fernando Pessoa, y que me trajo luz y pasión por la literatura portuguesa en aquella adolescencia sin muchos horizontes visibles.

Todas estas joyas musicales y literarias se me presentaron en una increíble y pequeña biblioteca que reunían adolescentes como yo y otros mayores, ya universitarios, en São Paulo u otros centros, pero que se sentían con el deber de frecuentar y contribuir con la colección de una biblioteca en la ciudad en donde nacieron.

Sí, pertenecí a ese grupo y tengo mucho orgullo de eso. El grupo de soñadores que tenía amor por las bibliotecas en aquella pequeña comunidad, reuniendo estudiantes, profesores locales, trabajadores de varias profesiones, amas de casa, pensionados, gente que le gustaba leer y conversar. Allá nos juntábamos, llevábamos libros recaudados, donados, comprados, que poco a poco llenaron algunas repisas y conformaron nuestras primeras lecturas más críticas. Era lo que hoy conocemos como biblioteca comunitaria o popular, con aquella ligereza y alegría que generalmente caracteriza esos espacios de compartimiento espontáneo.

En este espacio fue la primera vez que me hablaron de jazz y también de Ella Fitzgerald, así como oí por primera vez a Elis Regina y a Violeta Parra. Sí, también había música en la biblioteca, que no era silenciosa y austera, en donde las personas no pueden conversar e intercambiar ideas. Al contrario, se hablaba, y mucho, se sonreía y se reía tanto cuanto se podía. Y también se cantaba, ¡porque de esa biblioteca surgió un coro! Nos volvimos cantantes, empezamos a apreciar a Bach, Beethoven y otros compositores clásicos que parecían tan distantes en las clases de música en la escuela pública que frecuentábamos. En el coro, la conductora Maria José Marotti nos presentó cierta vez la cantata Carmina Burana, de Carl Orff, y rápidamente nos remitimos a los libros que narraban la literatura y la vida en la Edad Media y de los tales monjes goliardos. La música nos llevaba a los libros, que nos remitían a otras artes, a la literatura, al cine, al teatro, al patrimonio, entre tantas otras riquezas del universo humano. La pequeña biblioteca comunitaria nos unía, nos envolvía, y nos animaba a descubrir. No era magia, era la propia esencia de lo que debería ser una biblioteca.

Toda esa historia personal puede parecer distante y anacrónica en los tiempos de la información inmediata, del compartimiento virtual, de las redes sociales y de la formación a distancia. Es aún más distante si pensamos que casi todo lo que yo y mis amigos de aquel final de los años sesenta hacíamos para informarnos se puede hacer hoy en casa, en nuestros celulares o en un café internet, sin necesidad de nada ni de nadie, a no ser de una conexión a Internet.

En un contexto como ese, de semejante independencia en cuanto a la información, ¿cómo quedará el lugar de la biblioteca, aquella a la que Mário de Andrade, en torno de los años 1935 ya identificaba como “centros de información y cultura”? ¿Habrá un futuro para las bibliotecas?

Lo que constato en casi cuarenta años dedicados al libro y a la lectura, como profesional e investigador, y principalmente al revisar mis últimos años coordinando la construcción del Plan Nacional del Libro y Lectura del Brasil (PNLL), es la existencia de una región iberoamericana que tiene millares de iniciativas que reproducen mi experiencia juvenil comunitaria. No idéntica, al fin y al cabo, pues ya pasaron casi cincuenta años, pero con el mismo espíritu, la misma misión voluntaria, que es el resultado de la voluntad ciudadana de ayudarse o ayudar al otro a superarse. Las tecnologías aún no sustituyeron el deseo de compartir y éste se realiza plenamente en el contacto real entre humanos, en el intercambio de impresiones y conocimientos, en el intercambio entre seres que piensan y sienten.

A pesar de todo, florecen iniciativas que pasan por el sector público y van a la sociedad en todos sus estamentos, de la casa grande a las favelas, de las iglesias a las zonas desacralizadas de las ciudades, de las escuelas a las comunidades de ayuda mutua para alcanzar las primeras letras o cultivar las adquiridas precariamente. Millares de acciones se afirman con enorme sacrificio y esfuerzo. Bibliotecas públicas modernizadas, interactivas con los nuevos medios virtuales, conviven con bibliotecas comunitarias, núcleos de lectura tradicional, recitales de poesía y cuento, expresiones locales de las calles y de las artes, principalmente de aquellas artes literarias y musicales innovadoras que brotan fuertemente y con excelentes frutos en las periferias de las ciudades.

Por lo tanto, en esos espacios tercos y en constante florecimiento hay algo que va más allá del aislamiento virtual y de la autosatisfacción de las comunicaciones compartidas por Internet, en las cuales lo individual se sobrepone a lo colectivo y el compartir no es suficiente, al punto de acompañar o, principalmente, desarrollar la sensibilidad del contacto verdaderamente humano.

El futuro de las bibliotecas para mi es algo tan incierto como la capacidad que tendrán hoy de incorporar este mundo que, por un lado, favorece el acceso individual a la información y, por el otro, se puede transformar positivamente con la reacción de la sociedad, que colectiviza aquello que le es dado para ser manipulado aisladamente. Persiste, y de forma exponencial por la textualidad virtual contemporánea, ampliamente difundida, el deseo rigurosamente humano de compartir. ¿La biblioteca sabrá usar con eficacia ese reto que se le presenta?

Académicos y profesionales con experiencia en la biblioteconomía presentan propuestas que pueden estructurar nuevos rumbos para los servicios bibliotecarios. Son muchas las propuestas objetivas y las experiencias para hacer que la biblioteca sea un lugar del presente y del futuro.

Programas ya implantados, como los de accesibilidades, de fomentos permanentes a la lectura, de formación de mediadores, de bibliotecas multifuncionales como las Bibliotecas Parques de Colombia, que fomentan la lectura y educación junto con la promoción social, cívica y económica de los ciudadanos, florecen sin parar en nuestra región.

Todo esto es fundamental e inspirador, porque el futuro de las bibliotecas estará necesariamente conectado a la misión que ellas designen a sí mismas en el mundo contemporáneo, aunque yo piense que, cualquiera que sea esta misión, para que tenga un lugar garantizado en el futuro, no podemos olvidar que antes que nada, el espacio de la biblioteca tiene origen no apenas en la preservación y en el poder emanado de esa custodia privilegiada, sino en la idea maestra de compartir saberes, sabores y placeres. Tal vez ese espacio llegue a ser aún mayor que el de hoy, tal vez ese espacio resista como un oasis en un mundo cada vez más individualizado, pero, o será un espacio para compartir entre seres humanos, ¡o no será una biblioteca!

São Paulo, 17 de septiembre de 2017.

La versión en portugués de este artículo se encuentra aquí

 

Foto tomada de la página web Pixabay

Las bibliotecas universitarias y su desafío actual

 

Por: Carol Contreras Suárez

Aunque en el campo semántico de Universidad figure la cualidad de universal, poco se reflexiona en Colombia sobre el rol que las bibliotecas universitarias tienen en la construcción de esa cultura universal de los estudiantes, no solo por medio del acceso libre al conocimiento y la apertura de espacios de apoyo a la formación, sino mediante la aproximación a la lectura y la escritura como habilidades que desarrollan el pensamiento crítico de un mundo que se escapa del catalejo disciplinar.

Libros y lecturas indígenas IV. De últimos hablantes y políticas invisibles

 

Por: Edgardo Civallero

En 1823, el religioso, político e intelectual uruguayo Dámaso Antonio Larrañaga (que ayudó a fundar la Biblioteca Nacional de su país y la Universidad de la República) escribió un artículo titulado Compendio del idioma de la nación chaná. Se trata de una serie breve de apuntes que no superan la docena de páginas, recogidos hacia 1815 en la reducción de Santo Domingo Soriano. En ellos el estudioso presenta un puñado de memorias lingüísticas de los que, al parecer, eran los últimos tres ancianos hablantes de la lengua de los chaná, pueblo de cazadores, pescadores y recolectores que supo habitar las riberas del curso bajo del río Uruguay.

Sustentabilidad de los planes nacionales de lectura. ¿Qué considerar?

 

Por: José Castilho Marques Neto

He participado recientemente en Madrid del 6º Foro Iberoamericano de Literacidad y Aprendizaje y la 20ª Conferencia Europea sobre Lectura y Escritura en una mesa redonda con colegas de la OEI, Portugal y España. La coordinadora, consultora Inés Miret (Neturity), me planteó la cuestión de las posibilidades de permanencia de los Planes Nacionales de Lectura, esto es, ¿cómo hacerlos sostenibles con los cambios de gobiernos? Lo que sigue es una síntesis de mis observaciones acerca de ese tema fundamental y tiene como base argumentativa la experiencia de diez años del Plan Nacional del Libro y Lectura de Brasil, de los cuales estuve al frente durante siete años en dos periodos distintos.

Hay una observación previa a esa pregunta: ¿qué política pública de lectura buscamos implantar en Brasil entre 2006 y 2010 y qué denominamos Plan Nacional de Libro y Lectura? La observación que podría parecer especulativa es fundamental cuando se trata de formular y evaluar políticas públicas en un país como Brasil.

Y cuando me refiero a Brasil no es solo por su absoluta diversidad o su más cruel y persistente desigualdad, sino también porque no siempre lo que es presentado como política pública tiene en cuenta algo que debería ser esencial a todas ellas, es decir, los intereses y necesidades de la mayoría de la población brasileña. El PNLL, por su construcción sui generis en la historia de los gobiernos, con amplias y profundas consultas a todos los segmentos involucrados en la construcción de lectores en el país, se preocupó por formular e implementar políticas públicas que alcanzaran y dieran respuestas a la mayoría de la población brasileña e indujo la formulación de ejes de orientación de programas de Estado que tuvieron en cuenta, ante todo, las necesidades más agudas de esa población excluida de su derecho a la lectura y que hoy suman más de 153 millones de ciudadanos en una población de 207,8 millones de habitantes.

No se trató, por lo tanto, de forjar una política poco ambiciosa, poco amplia, orientada a resolver, como de costumbre, problemas sectoriales de sustentabilidad y desarrollo, por ejemplo, de los productores de libros. En Brasil solíamos escuchar durante años al Ministerio de Educación afirmar que era el mayor comprador de libros del mundo. De hecho, el Gobierno es responsable en promedio del 40% de la facturación de la industria editorial brasileña hace muchos años y contaba, hasta ahora, con una elección y distribución sensata de los títulos. Se constituyó, por lo tanto, en programa de Estado que impuso un avance real en el suministro de libros didácticos y de interés general y literario en las escuelas brasileñas de primer grado y de enseñanza secundaria. Sin embargo, y a pesar de estos programas de distribución de buenos libros en la Educación, el índice de alfabetización o de alfabetismo pleno en Brasil es de solo 26% de la población, según el Indicador de Alfabetismo Funcional – INAF (Instituto Paulo Montenegro). Ni siquiera las inmensas inclusiones de millones de personas en la educación constatadas entre 2003 y 2014 fueron suficientes para modificar porcentualmente ese índice.

Cuando iniciamos la formulación del PNLL sabíamos también que incomodaría mucho, por el escenario difícil que desnudaría tanto en el campo de la educación como en el de la cultura. Finalmente, por primera vez en el país se buscó nominar con todas las letras el porqué y la necesidad de crearse un plan nacional de lectura y escritura que, implantado como ley, podría modificar directrices y prácticas ya instaladas en zonas de confort de los gobiernos. Y al iluminar prácticas y concepciones equivocadas o insuficientes sobre ese tema nosotros enfrentamos, con el texto analítico y propositivo del PNLL, las profundas y diversas desigualdades que impiden la equidad pública y el uso de la cultura escrita por todos los brasileños.

El arco inmenso de necesidades a enfrentar para transformar a largo plazo una situación calamitosa de ausencia de recursos materiales y humanos para formar lectores se alió a la histórica “elitización” de las capas lectoras de la sociedad brasileña, constitutivamente excluyentes para los no lectores. Súmese a esta situación nacional el cuadro gravísimo de una era internacionalmente marcada por la “espectacularización” del cotidiano, por el culto al chisme y el desmerecimiento del trabajo de construcción intelectual y literaria, reemplazada cada vez más por productos literarios perversos que mueven grandes fortunas, pero que no forman lectores autónomos, críticos, señores de su propio pensamiento.

Cuando tratamos de sustentabilidad de un plan como ese, es de este tipo de política pública que mi respuesta trata. Sabíamos que la cuestión de la sustentabilidad sería el mayor desafío en un país con la historia de iniquidades como Brasil, marcado por la permanente discontinuidad de políticas públicas de inclusión. Ha sido necesario apostar alto, enfrentar la incomprensión incluso de aquellos que estaban como compañeros en los órganos de Gobierno, pero que seguían viendo el árbol y no el bosque, confundiendo un plan nacional de lectura con programas técnicos de formación lectora.

Con estos desafíos, las claves y las propuestas de sustentabilidad del PNLL nacieron junto con él y forman parte de su más profunda concepción de qué tipo de política pública necesitamos para Brasil. Y la concepción teórica buscó en la escucha de los militantes por la lectura su legitimidad: no es por casualidad que sumamos más de 150 reuniones por todo el país apenas en 2006; cuatro años de consulta pública abierta virtualmente entre 2006 y 2010; incontables seminarios y encuentros debatieron el tema con especialistas e interesados en los eventos de la cultura y de la educación y se realizaron aún tres conferencias nacionales de cultura entre 2007 y 2013. Entendemos hoy que el PNLL es un verdadero pacto social y constatamos su empoderamiento por todos los grupos que luchan por la lectura en Brasil – escucho por todo el país a los militantes de la lectura afirmar: nuestro PNLL.

Además de las acciones y programas en el Ministerio de Cultura y el de Educación inducidos por los ejes de acción del PNLL –como, por ejemplo, la implantación de bibliotecas públicas en casi 1.700 ciudades brasileñas que jamás habían tenido ese equipo-, lo que define mejor su sustentabilidad fue la opción política y metodológica del Gobierno federal que entendió estratégicamente que la construcción del PNLL debería ser en total sintonía con la sociedad civil, llamándola a formular y cooperar en la gestión de los cuatro ejes estructurantes del Plan.

La sustentabilidad expresada por el fundamento conceptual de unidad entre Estado y Sociedad más Cultura y Educación se tradujo en los cuatro ejes estructurantes que unieron todos los vínculos de la cadena para la formación lectora:

  1. Democratización del acceso a la lectura.
  2. Fomento a la lectura y a la formación de mediadores.
  3. Valorización institucional de la lectura e incremento de su valor simbólico.
  4. Desarrollo de la economía del libro.

Los órganos gestores del PNLL, formados por el gobierno federal y por la sociedad, incentivaron a partir de esos ejes la formación, desde 2008, de Planes Estatales y Planes Municipales de Libro y Lectura, descentralizando y llevando para el lugar de vivienda de los lectores y no lectores la responsabilidad y la autoridad de hacer crecer el movimiento por la formación lectora en Brasil. Hoy, en el estado crítico y de gran inestabilidad política del país, derivado de la deposición de una presidenta constitucionalmente electa, la llama de la sustentabilidad del PNLL se encuentra en los municipios, en los miles de acciones que se realizan cotidianamente con identidad a los principios del PNLL, hasta porque esos principios del plan nacional son una síntesis de la lucha pro-lectura practicada en Brasil por lo menos desde Mario de Andrade en la década de 1930.

La respuesta a la pregunta sobre la sustentabilidad de esta política pública sólo puede ser esta en el caso brasileño: las propuestas de futuro son los desdoblamientos de los programas formulados por el PNLL en sus cuatro ejes y la clave de esta sustentabilidad será la capacidad de resistencia y avance de la sociedad civil, que comprende que esta es una lucha estratégica para la autonomía ciudadana y para una sociedad más justa en Brasil, en la era de la información y del conocimiento.

Como tantos otros desafíos en mi país, tan marcado por la desigualdad y por la exclusión, la conquista del DERECHO A LA LECTURA y a la alfabetización es factor objetivo y estratégico para nuestra sustentabilidad y para nuestra democracia. Una vez más, será la respuesta de la sociedad organizada en torno a compromisos democráticos y de la cadena creativa, productiva, distribuidora y mediadora del libro y de la lectura la que podrá definir la permanencia o la discontinuidad de este Plan de formación de lectores que solamente obtuvo éxitos mientras fue aplicado con seriedad y respeto a sus principios y metas. En síntesis, se trata de realizar plenamente el sentido más elevado de la política pública, que es fomentar ciudadanía y afirmar derechos humanos, encrucijada permanente de nuestras sociedades aún en formación.

La versión en portugués de este artículo se encuentra aquí

 

Libros y lecturas indígenas III: Libros cartoneros en lenguas indígenas

 

por: Edgardo Civallero

El movimiento sociocultural conocido como “editoriales cartoneras” nació con la aparición de la primera de estas editoriales, la ya célebre Eloísa Cartonera, en Buenos Aires en 2003. Aprovechando saberes y técnicas (sobre todo de encuadernación artesanal) puestos en práctica desde hacía décadas en toda América Latina, las editoriales cartoneras ―grupos de personas generalmente autoconvocadas― comenzaron a producir y a distribuir pequeñas tiradas de libros hechos a mano, comercializándolos a precios bajos en círculos limitados. En el proceso de creación se involucraron distintos actores, entre los que podían encontrarse determinados colectivos excluidos o en riesgo de exclusión socioeconómica. Originalmente, uno de los objetivos centrales de la propuesta era superar los estrictos límites del mercado editorial y hacer llegar la lectura ―en especial, aquellos contenidos difícilmente publicables desde una perspectiva meramente comercial― allí donde fuera más necesaria.

En la actualidad, las editoriales cartoneras latinoamericanas se cuentan por docenas, cada una con actividades y publicaciones que responden a un amplio (y a veces disímil) abanico de necesidades, intereses y perspectivas. A pesar de compartir denominación y técnicas de trabajo, las cartoneras no siempre comparten principios: alguna de ellas no han hecho más que aprovecharse de la idea y cooptarla, convirtiéndose en una compañía tradicional.

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Los libros cartoneros son productos relativamente sencillos en cuanto a estructura y producción. Sus páginas se imprimen o fotocopian (o incluso se escriben a mano) y luego se cosen o grapan. La “tripa” resultante se encuaderna entre dos tapas de cartón, que se realizan recuperando cajas de la basura (obtenidas de la calle directamente o a través de recolectores o “cartoneros”), limpiándolas y cortándolas a la medida. Las cubiertas y algunas secciones del interior del volumen se componen, ilustran y pintan a mano, combinando distintas técnicas artísticas (acuarela, gouache, témpera, entintado, collage, stencil, etiquetado, esgrafiado, grabado); los resultados son muy variables, y van desde tapas de cartón “en crudo” hasta pequeñas obras de arte. En la portada se coloca la información esencial: título, autor, editorial, fecha y, generalmente, alguna mención a los derechos y condiciones de distribución y uso. Los ejemplares suelen ser distintos entre sí, lo cual ha llevado a que algunos compradores los consideren “piezas únicas” y los traten como tales, convirtiéndolos en un bien de consumo elitista, para coleccionistas.

Tras revisar sus tres lustros de historia, varios analistas han señalado las muchas posibilidades ―potenciales y reales― del libro cartonero como herramienta de transformación: una herramienta libre, abierta y de base, capaz de provocar un cambio real y necesario. Pues el libro cartonero puede ser producido, mantenido y gestionado por sus propios impulsores, puede transmitirse y replicarse a costos relativamente bajos y de forma más o menos sencilla, y puede poner verdaderamente en entredicho y en jaque a algunas de las estructuras impuestas por el mercado o la cultura dominante.

En el marco de una sociedad que se mueve a ritmo de estadísticas y sondeos y en donde el credo capitalista preconiza que no se haga nada que no sea rentable y genere beneficios económicos, la elaboración de libros cartoneros llama la atención e invita a aminorar el paso y a detener, aunque solo sea un instante, la mirada. Pero el interés que provoca no proviene solo, ni fundamentalmente, de su intento de desacralizar el libro y arrancarlo de las manos del mercado, las compañías multinacionales, los autores e ilustradores “consagrados” y las políticas de copyright: eso lo llevan haciendo muchísimas editoriales independientes y “alternativas” desde hace décadas (a veces mucho más exitosamente, por cierto). Tampoco tiene demasiado de asombroso el hecho de que se reutilicen desechos de forma imaginativa ―e incluso artística― o se intenten “popularizar” y “democratizar” ciertas producciones y expresiones culturales: también es algo en lo que muchos colectivos llevan tiempo trabajando, con resultados verdaderamente notables. El trabajo cartonero resulta llamativo porque suma a todo lo anterior el simple y desinteresado do-it-yourself: salvo excepciones, los libros son obra de gente con perfiles muy dispares, que dedica su tiempo y sus ganas a hacer algo creativo con sus propias manos y los escasos elementos disponibles, de forma horizontal, cooperativa y comunitaria, sin ninguna intención a priori de obtener un beneficio económico a cambio y, generalmente, con algún tipo de motivación que va más allá de lo estético y se acerca a lo social (o viceversa).

En América Latinacartoneros 4, la creación sistemática y planificada de libros cartoneros dentro del sistema escolar, sobre todo en escuelas ubicadas en barriadas periurbanas y áreas rurales, podría complementar los materiales didácticos (p. ej. de aprendizaje y práctica de la lectoescritura) utilizados en las aulas, generalmente escasos y costosos. La misma acción puede desarrollarse dentro de redes de bibliotecas públicas, populares y rurales, siempre necesitadas de nuevos materiales con los que renovar, enriquecer o incluso crear sus colecciones. Por su parte, muchas sociedades originarias y minorías étnicas o lingüísticas podrían beneficiarse enormemente de este tipo de proyectos, dado que sus materiales escritos son escasamente publicados y, cuando lo son, suelen ser gestionados por actores externos como meros documentos de interés antropológico.

En comunidades indígenas, ya sean urbanas o rurales, los libros cartoneros podrían convertirse en una herramienta extremadamente útil. Podrían emplearse para apoyar la alfabetización en distintas lenguas originarias, produciendo materiales básicos de lectoescritura escolares o bibliotecarios (selecciones de narraciones, abecedarios y silabarios, prácticas de lectura, gramáticas). Por otro lado, resultarían adecuados como soportes sobre los que recuperar y con los que difundir fragmentos concretos de su cultura (p. ej. su tradición oral). Los dos puntos anteriores podrían combinarse: las recolecciones de tradición oral pueden plasmarse sobre libros cartoneros que se empleen en clase como material didáctico. Finalmente, las sociedades originarias pueden utilizarlos para darle visibilidad tanto a su situación actual como a sus modernos exponentes literarios y culturales.

Hasta el momento, las experiencias de uso de libros cartoneros dentro de comunidades indígenas se han visto limitadas a algunos proyectos escolares puntuales en México (véase Olarte y Zacarías, 2014). Comparativamente, ha habido algunas más en el ámbito de la publicación de expresiones literarias aborígenes contemporáneas, en idiomas nativos o no, fuera de las comunidades.

Una de las primeras editoriales cartoneras en publicar libros en lenguas indígenas fue la argentina Ñasaindy Cartonera Editorial (“luz de luna”, en guaraní), ubicada en la provincia de Formosa y nacida en agosto de 2009. Ñasaindy publicó los trabajos del poeta Víctor Ramírez, del pueblo Qom del noreste de Argentina.

Cartonazo Editores, una propuesta de los alumnos de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, aparecida en Lima (Perú) en 2013, ha realizado talleres de elaboración de libros cartoneros como “Yoshin Koshki” en la comunidad de Cantagallo, en la propia Lima. Allí residen numerosísimos migrantes del pueblo Shipibo-Conibo, desplazados desde sus territorios originarios en las áreas selváticas del oriente del país.

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Un proyecto potencialmente interesante es el de Qinti Qartunira, una cartonera vinculada al pueblo Kichwa-Lamista del departamento de San Martín, en la Alta Amazonia peruana, cuyo nombre se traduce como “Cartonera Colibrí”. Fue creada en 2011, con el apoyo de Sarita Cartonera (una de las primeras y más influyentes editoras cartoneras peruanas) y del Consejo Étnico de Jóvenes Kichwa de la Amazonía (CEJOKAM), y tiene una de sus sedes en la comunidad de Kawana Ampi Urku Las Palmeras. Los libros se hacen con tapas de cartón que no se decoran directamente, sino que se cubren con lona o con tejido de algodón que luego se pinta o se borda con semillas. Se trata de una propuesta en la que participan muchos observadores externos (especialmente antropólogos extranjeros) y que, de momento, solo ha publicado textos sobre la lengua quechua.

En Venezuela, Dirtsa Cartonera, fundada en Maracay en 2014, incluye en sus fondos una colección de poesía indígena. Y en México, el trabajo de Iguanazul Cartonera recoge textos producidos por autores nativos y los publica en los idiomas originarios de aquel país y en castellano.

La propuesta de creación, utilización y aprovechamiento de libros cartoneros en ámbitos indígenas no implica que se desestime la producción de libros y otros materiales en lenguas aborígenes por parte de editoriales del mainstream y de instancias oficiales (p. ej. gubernamentales). Deben continuarse los reclamos para que se normalice la elaboración, publicación y distribución de documentos educativos, artísticos o de ocio, que recojan las culturas nativas latinoamericanas, especialmente a través de sus propios códigos lingüísticos.

De más está decir que los libros cartoneros no son una solución definitiva para los numerosos problemas a los que se enfrentan las sociedades originarias latinoamericanas en el ámbito educativo, sociocultural e identitario. Aún así, pueden considerarse como una propuesta que ayude a llenar vacíos y paliar ausencias temporalmente y, ya de paso, que permita a los usuarios/destinatarios de esos textos aprender a identificar sus necesidades, pensar soluciones posibles y factibles, enfrentarse a dificultades y barreras, imaginar formatos a través de los cuales recuperar, expresar y difundir sus culturas y sus lenguas dentro y fuera de sus sociedades, y conocer el proceso de diseño y producción de uno de esos formatos, el más habitual en la actualidad: el libro.

Lecturas

Civallero, Edgardo (2015). Libros cartoneros: olvidos y posibilidades. [En línea].

Olarte Tiburcio, Eleuterio; Zacarías Candelario, Juana (2014). Libro cartonero: una alternativa para la integración a la cultura escrita en lengua indígena. Correo del Maestro, 223, diciembre. [en línea].

 

 

Las bibliotecas son más que libros

 

por: Gonzalo Oyarzún 

Las bibliotecas, especialmente las públicas, son lugares de transformación donde la comunidad cambia y mejora su calidad de vida. Son espacios de experimentación de los sentidos, en un concepto amplio: laboratorios para las sensaciones, una oportunidad para leer, escribir, cocinar, olfatear y comer, un lugar para escuchar y también para cantar, una ventana al asombro donde crear comunidad.