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Entre palabras

Autor
Marcela Escovar
Fecha
11 noviembre, 2016

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En los últimos diez años la literatura infantil ha tenido un desarrollo vertiginoso. Las nuevas tecnologías han permitido no sólo pensar en cómo leen los niños, sino en acercarlos a la lectura a través de nuevos formatos alrededor de la categoría de los libros.

Sin embargo, ahora más que nunca es importante pensar qué significa un libro: objeto, formato, contenido, y qué hace que sea distinto de otros objetos con información. Todo se está reinventando, o mejor somos nosotros los que nos hemos venido ajustando al desarrollo y a la velocidad de la tecnología, que, cada vez, pareciera, nos resuelve más la vida.

En medio de todo este movimiento, y de que en un primer momento parecía que los libros digitales iban a desbancar a los libros impresos, unos años más tarde, ambos formatos parece que han encontrado un punto de equilibrio en el mercado. Uno no hizo desaparecer al otro, por ahora están aprendiendo a convivir. Los lectores son los que al final del día tienen la última palabra y por ahora muchos han logrado escoger o combinar ambos soportes.

Mientras los libros físicos y digitales siguen reproduciéndose en el mercado, es muy interesante pensar en el futuro de los libros de literatura infantil en estos dos formatos. Primero, creo que difícilmente el formato físico podrá ser del todo reemplazado por los dispositivos digitales. Los libros para niños, sobre todo aquellos pensados para los más pequeños (bebés), antes que ser libros, son objetos y tienen una relación única con sus lectores. Permiten una interacción y exploración desde los sentidos: texturas, mordiscos, juegos. En otras palabras, una experiencia de lectura en 3D.

No obstante, el reto para este tipo de literatura desde una perspectiva digital se centra en explotar el formato y las posibilidades de movimiento, sonido e interacción que tiene con sus lectores. Por ejemplo, vienen con una opción de lectura en voz alta pregrabada o pueden escoger leer solos. En algunos se pueden grabar tanto los niños como los padres, un recurso interesante para que cuando el niño oiga la lectura la siga con una voz familiar. Además, incluyen movimiento y guiños en las ilustraciones que invitan a ser exploradas. Lo que encontramos aquí son dos tipos de soporte que tienen sus propias características desde las que establecen relaciones únicas con sus lectores.

Vale la pena resaltar que para los más pequeños su primera experiencia con los libros suele estar asociada con el juego y con su valor de ser objetos que habitan su mundo cotidiano. Sólo cuando llega un mediador y les empieza a contar y señalar que en ese objeto hay una historia, contada a través de imágenes, el libro deja de ser un objeto más y se vuelve un libro, distinto al carro o la pelota. Lo mismo puede suceder con un libro digital, desde una aplicación que el niño empieza a explorar y reconocer y que sabe que es distinta al resto. En ambos casos es fundamental la presencia de otra persona para que el objeto alcance su pleno significado por los contenidos que trae desde las historias, las ilustraciones y lo que representa.

Teniendo en cuenta todo esto, pienso en los libros digitales, en los libros físicos, en los libros pensados para niños, en aquellos que manteniendo el formato visual de libro ilustrado o libro álbum también salen en busca de su propio público lector. Hoy, más que nunca, todas las fronteras se están cruzando y todo parece posible. Aquí el que decide es el lector, que, más allá de su edad, tiene un mundo de experiencias interiores que son las que realmente se activan con cada libro que abre y explora, independientemente del formato en el que se encuentra publicado el contenido.

Además, cada vez es más difícil determinar para qué edad son cierto tipo de libros, y esto incluye tanto los libros de literatura infantil y juvenil como aquellos que son para adultos. Se nos olvida que ahora hay un boom de niños y adolescentes devoradores de libros, y un reto de reconquista de jóvenes y adultos que en muchos casos por experiencias personales, o incluso por falta de estas, no leen.

El desafío es ser lectores críticos, siendo curadores de contenidos, sobre todo, desde nuestras propias experiencias personales. Es común leer lo que todos leen, lo difícil es salir en la búsqueda de esas historias que quisiéramos que nos contaran y que solo aparecen cuando el libro correcto llega a nuestras manos. Para que esto suceda hay que agregar a nuestras actividades más visitas a las bibliotecas públicas, librerías, y explorar que está pasando en el mundo de los libros digitales, sobre todo para niños y jóvenes. Cada día hay más experimentación entre formatos. Gracias al desarrollo que han tenido los formatos de los libros, la lectura se está posicionando en el horizonte de las narrativas transmedia, que requieren lectores activos que vinculen los contenidos que consumen desde diferentes perspectivas.

En este momento, en medio de este boom, los libros, sobre todo aquellos que privilegian el diálogo entre imágenes y texto (libros ilustrados, libros álbum, cómic), tanto físicos como digitales, están ante la apuesta de ofrecer experiencias estéticas únicas a sus lectores. En este punto ya sabemos que uno no reemplaza al otro, en realidad cada uno es una cara de la misma moneda. Tanto el formato físico como el digital resultan dos medios para pensar cómo contar las historias a través de diferentes recursos que incluyen tipografía, diseño, color, movimiento, sonido, con el mismo fin de generar experiencias únicas de lectura que nos conmuevan y asombren al punto de querer ser lectores con mayúscula. La clave está en la calidad de los contenidos y del uso acertado de los recursos en cada formato.