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La cultura editorial universitaria hecha feria

Decía Alfonso Reyes que la vida muere, los libros permanecen. Sin embargo, aunque los libros son evidencias de afanes de trascendencia, también son objetos que recuerdan lo perecedero. Miran la eternidad y no dejan de estar unidos a lo transitorio. El papel envejece, las letras se vuelven ecos y nuestros libreros contienen testamentos de escritores e improntas de editores que buscaron, en un esfuerzo asociado y lleno de esperanza, lectores contemporáneos y lectores que todavía no nacen.

Todo en el mundo del libro es un devenir. Las imprentas, librerías y bibliotecas, como la vida, aparecen y se van. Y, en la ronda de instituciones fundadas alrededor de la lectura, la más efímera es la feria de libros. Las ferias convocan participantes, se instalan y duran unos cuantos días. Aunque son tan regulares como las mareas o la respiración, siempre cambian y llevan acertijos nuevos, de tal modo que podemos parafrasear a Heráclito de Éfeso: “No es posible descender dos veces a la misma feria, tocar dos veces una sustancia mortal en el mismo estado, ya que a causa del ímpetu y la velocidad de los cambios, se dispersa, vuelve a reunirse, y aflora y desaparece”.

Durante 2017 la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), decana de las editoriales universitarias mexicanas, proyectó y diseñó la Feria Internacional del Libro Universitario (Filuni) para ser un espacio especial de exhibición de novedades de las editoriales de instituciones de educación superior. Esa focalización serviría para proyectar los muy valiosos y diversos catálogos universitarios en los mercados regional y mundial de la edición y las artes gráficas. Como toda feria, Filuni tiene un objetivo económico porque propicia la colaboración y negociación para la coedición y distribución de títulos, y, además, lleva fines celebratorios en torno a la cultura editorial universitaria. Hay afabilidad, calidez, regocijo. También Filuni representa una ocasión especial para la reflexión y el intercambio de experiencias.

Los universitarios deben recurrentemente preguntarse por su ser, por el estado de las cosas en temas de estudio y lectura, así como en tendencias de impresión y diseño. Por eso, para la primera Filuni de agosto de 2017, en el programa para profesionales llevó un papel central el Coloquio Internacional de Lectura y Edición Universitaria. Para 2018 el programa se fortaleció con varios escenarios para distintos públicos: el Coloquio Internacional Redes de Lectura, Edición y Distribución, el Encuentro de Libreros Universitarios y la Jornada para Profesionales del Libro Universitario se sumaron a la Jornada Internacional de Bibliotecarios y el Seminario Permanente de Editores de Revistas que ya habían sido parte de Filuni. Estos son los puntos medulares de un repertorio que contiene cerca de doscientas actividades académicas y culturales, como presentaciones de libros, conversatorios y conferencias. En el programa tiene un destacado papel la universidad invitada de honor. En 2017 lo fue la Universidad de Salamanca, fundada en 1218, y en 2018 la Universidad Nacional de Colombia, fundada en 1867.

La Filuni se realiza en el Centro de Exposiciones y Congresos de la Unam en la Ciudad Universitaria, edificio de moderno y funcional diseño arquitectónico, que cuenta con cuatro mil metros cuadrados para exhibición y cinco salones de eventos que llevan el nombre de Francisco Monterde, Ernesto de la Torre Villar, Rubén Bonifaz Nuño, Beatriz de la Fuente y Jaime García Terrés. Son nombres de editores universitarios. La larga trayectoria de estos escritores, profesores, editores y bibliófilos ha contribuido al desarrollo del patrimonio bibliográfico e histórico universitarios y debe recordarse.

En la historia del sello editorial Unam han sido célebres protagonistas José Vasconcelos, Juan José Arreola, Agustín Yáñez, José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez Vega, Henrique González Casanova, Arturo Azuela, Federico Álvarez Arregui, Felipe Garrido, Hernán Lara Zavala, José Pascual Buxó, Aurora Pimentel o Margo Glantz. También existen figuras muy importantes para la vida universitaria que han intervenido de alguna manera en trabajos editoriales (José Gaos, Edmundo O’Gorman, Pablo González Casanova, Mario de la Cueva, Jesús Silva Herzog, Leopoldo Zea o Miguel León Portilla). La Unam tiene abolengo editorial y bajo ese derrotero mira al futuro.

Desde su primera edición, Filuni convocó a las universidades editoras y al público en general a postular a una persona viva que haya hecho una aportación trascendental al mundo editorial universitario para que reciba el Reconocimiento al Editor Universitario Rubén Bonifaz Nuño. La primera distinción la recibió Flávia Goulart Mota Garcia Rosa, directora editorial de la Universidade Federal da Bahia y directora de comunicación de la Asociación Brasileña de Editoras Universitarias. En 2018 fue premiada Sayri Karp Mitastein, directora de la Editorial de la Universidad de Guadalajara y presidenta de la Asociación de Editoriales Universitarias de América Latina y el Caribe (Eulac).

La medalla entregada por el Reconocimiento al Editor Universitario, diseñada por Inés Patricia Barrera, a partir de una fotografía de Barry Domínguez, ha sido acuñada en la plata ley de .999, con un peso de 100 gramos y un diámetro de 60 milímetros. La plata fue recuperada del reciclado de negativos de impresión offset de algunos materiales. Fue posible utilizar las sales de plata existentes en forma coloidal de los negativos de libros, porque ya existen archivos digitales que se pueden utilizar para impresión bajo demanda o impresión directa de placas de prensa.

La Filuni es una apuesta por el mañana. La primera edición tuvo 66 estands, 240 editoriales universitarias procedentes de doce países, 12.400 títulos exhibidos y diez mil asistentes. La segunda, realizada en septiembre de 2018, tuvo más estands y asistentes. Las dos han sido organizadas por el editor Joaquín Díez-Canedo con su equipo de la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Unam.

Seguramente muy pronto Filuni se volverá un referente internacional. En ese sentido, somos afortunados porque asistimos al primer trayecto de una tradición. La vida se va, nos dice Alfonso Reyes, pero los libros permanecen.