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El problema de las industrias culturales y creativas

Autor
Coordinación Comunicaciones
Data
5 novembro, 2016

Por: Andy C Pratt

Profesor de Cultura, Medios y Economía en el King’s College de Londres.

Introducción

El objetivo de esta serie de artículos es discutir acerca de las industrias creativas, un término que ha venido a describir tanto las actividades tradicionales en el marco de operaciones que involucran directamente los derechos de los autores, como aquellas actividades relacionadas que se fundamentan en las primeras. De esta forma, estamos en capacidad de apreciar la situación actual de los derechos de los autores en la era digital, y podemos colocarnos en una mejor posición que nos permita evaluar los desafíos y oportunidades a los que nos enfrentamos. Espero que estos artículos ayuden a la comprensión de aquellos quienes forman parte del sector, y los apoyen en la generación de discusiones con quienes quizás no aprecian la naturaleza del sector o los rápidos cambios de los que forman parte. Claramente debemos empezar con el concepto de industrias creativas: profundizaré en esto en el segundo artículo. En primer lugar, dejemos claro cuál es el problema.

Producción cultural

Mi preocupación aquí tiene que ver con el proceso de generación de productos culturales: no es un problema sencillo. Los productos culturales son complejos porque tienen distintos significados en momentos y lugares  específicos. Además, contamos cada vez más con productos (materiales o intangibles) que resultan útiles, que no son un simple adorno. Tomemos cualquier objeto, por ejemplo, una silla; existe una escala confusa que va desde el funcionalismo bruto por un lado y la obra de arte por el otro. No es sorprendente entonces que la definición de productos culturales resulte difícil y controversial: en resumen, es un juicio de valor. Tal razonamiento puede rápidamente terminar siendo redundante en la medida que los valores cambian, o cuando tomamos en consideración productos interculturales. Este es el legado del debate sobre “arte alto” y “arte bajo”, y en tal sentido, inmoviliza las ideas sobre cultura y valor.

En vez de rendirnos ante esta dificultad, podemos reconocer la existencia de una importante dimensión de productos culturales: son innovadores y dinámicos. Como mínimo, debemos tener cuidado de esbozar definiciones demasiado rígidas en torno a los productos, porque estaríamos cerrando nuestros ojos a lo que las hace peculiares en vez de reconocer que son parte de un sistema interconectado. Lo que es cultura en términos “puros” pudiera difuminarse dentro del producto funcional o de diseño. Esto no significa que debamos decir que “se vale todo”; por el contrario, reconocemos que hemos aceptado local y temporalmente normas culturales que están expuestas a cambios.

Artistas y cultura en la sociedad

Considero que es mucho más útil observar el proceso de producción cultural, antes que obsesionarnos con un subgrupo de productos predefinidos. Observar el proceso nos alerta sobre las formas en que se construyen, cuestionan y mantienen los valores; igualmente nos hace conscientes del trabajo que implica. Existen varias razones por las cuales nos encontramos fascinados con los creadores o autores. Primero, ¡nuestro propio interés! Segundo, el peso de la tradición romántica en la Cultura Occidental: un enfoque que eleva al artista como el único creador y lo separa de la sociedad. Tercero, desde un punto de vista empírico, vemos que un artefacto fue tallado, pintado o escrito por un individuo.

Sin embargo, todos sabemos que los artistas no trabajan al margen de la sociedad o de las economías (¡aunque puedan desear hacerlo!). Ellos generalmente usan productos, herramientas y tecnologías para expresarse, y el producto de sus habilidades necesita ser puesto ante una audiencia: esto puede requerir producción, distribución, un espacio y publicidad. Además, los artistas y creadores necesitan formación, al igual que su público. Pensando en ello por un momento, podemos observar que en vez de establecerse al margen de la sociedad, los creadores de hecho se encuentran integrados a la misma. Un ejemplo simple pero claro de lo anterior puede conseguirse en las películas: como sociedad estamos obsesionados con los actores, o quizás con el director y puede que con el guionista. Pero todos nos damos cuenta que la película y los personajes principales no existirían de no ser por el gran número de personas que vemos mencionados en los créditos de la película.

Cruzando fronteras

En consecuencia, aquellos que investigan la producción cultural prefieren verla como un ecosistema, un conjunto integral de partes interrelacionadas en vez de simplemente como una región de un artista individual. Esto no sugiere que los creadores no jueguen un papel principal o que sus aportes principales sean poco claros, simplemente sugiere que dicho arte solo puede ser alcanzado en el marco de un sistema integral de apoyo. Lo anterior puede concebirse como en cualquier otra industria, y en esto consiste la idea que lleva implícita la industria cultural o creativa. No estamos diciendo que la cultura sea funcional, sino que es parte de un proceso industrial. En un extremo de la escala esto pudiera significar producción masiva, mientras que en el otro haría alusión a la producción artesanal. Lo difícil es determinar dónde está dibujada la línea entre ambos extremos. De hecho, por ejemplo en la música, la división pudiera ocurrir dentro del proceso de producción: la ejecución única de una obra de arte que luego es producida de forma masiva. Efectivamente, esta es una de las paradojas clave de la producción cultural; comúnmente sentimos que la producción masiva es mala, pero que el arte y la artesanía son buenos. Las industrias culturales y creativas incorporan a ambas, y quizás por eso son frecuentemente vistas con sospecha por ambos lados.

Las industrias creativas no solo se extienden en lo referente a su departamento de arte industrial, sino que igualmente abarcan los sectores con y sin fines de lucro; las áreas formal e informal; así como la producción y el consumo. Todos conocemos colegas que atraviesan dichas fronteras a lo largo de sus carreras, o incluso de forma semanal. ¡Las industrias culturales y creativas se encuentran en un área difícil! Sin embargo, quizás sea esta condición de cruce de fronteras lo que hace que sean tan dinámicas y abiertas al cambio, así como tan controversiales.

¿Qué sigue?

Al revisar lo que he escrito hasta ahora usted pudiera sentir que es mejor rendirse y colocar a las industrias culturales y creativas una etiqueta que diga “problema”. Creo que esta no es la respuesta correcta; de hecho, alegaría que he descrito puntos que constituyen formas de entender por qué dichas industrias representan una parte tan dinámica de la economía y la sociedad. Aun así, esto requiere que seamos claros con respecto a nuestro enfoque. Necesitamos abrir nuestra mirada a procesos más amplios de producción cultural y apartarla del enfoque único dirigido hacia los artistas. De igual forma, necesitamos aclarar cómo luce el ecosistema de producción cultural: ¿es similar o diferente a otros sectores? y, ¿es posible cuantificar algunos aspectos de los sistemas de producción cultural y relacionarlos con los indicadores económicos tradicionales? Por otro lado, también es posible, y de hecho es vital, examinar los aspectos cualitativos de la producción cultural, su organización y sus formas. Finalmente, al establecer estas bases, podríamos estar en una mejor posición para determinar cómo podemos ayudar (u obstaculizar) el desarrollo del sector en un contexto global o local. Estaré retomando estos temas en posteriores artículos