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¿Es posible pensar la interactividad como un elemento narrativo en los libros impresos de literatura infantil?

Autor
Marcela Escovar
Fecha
16 Febrero, 2018

Etiquetas

  • Lectura
  • Literatura infantil y juvenil

Estamos en la era digital, con nuevas generaciones que se consideran nativos digitales. Como adultos, buscamos posibilidades para reinventar las relaciones que vienen estableciendo estos nuevos lectores con el mundo real y digital, y resulta difícil que la literatura infantil esté al margen de este proceso.

Desde 2010, es posible rastrear la aparición de un número considerable de libros de literatura infantil que exploran la interactividad como un elemento narrativo, que van más allá de la inclusión de pestañas, recortes, siluetas, y que han ido apareciendo, poco a poco, en el mercado editorial. Estos libros se caracterizan porque toman herramientas del mundo digital para aplicarlas en el formato impreso y así invitan a renovar la experiencia de la lectura.

Los antecedentes de estos textos se pueden identificar en el s. XVII, con la publicación de libros que ya incluían elementos interactivos como las páginas desplegables y el pop-up. A lo largo de los siglos XIX y XX, con el desarrollo del diseño editorial, se agregaron accesorios como discos giratorios, solapas para jalar, o se incluyeron en las páginas carruseles que se despliegan.

Estos antecedentes muestran cómo la interactividad propone un gran espectro de aproximaciones a una audiencia inquieta y abierta a la estimulación de la creatividad y el juego. Se considera la interactividad como un elemento que activa esta relación entre el objeto y el lector, y los libros que presentan algunas de estas características buscan ser fuente no solo de conocimiento, sino también de diversión y de exploración de nuevas posibilidades de lectura.

Teniendo en cuenta lo anterior, es posible encontrar una evolución y diálogo entre ciertos libros para niños y las tecnologías disponibles que se han desarrollado de manera paralela. Sin duda, es en el siglo XXI cuando los autores e ilustradores han explorado y explotado nuevos diálogos que triangulan una relación entre la lectura, el libro como objeto y el lector como un agente activo, diálogos que han estado determinados por la evolución y los recursos que ofrecen las nuevas tecnologías y que buscan cuestionar los límites y posibilidades de la ficción en un objeto –el libro– frente a la acción-reacción esperada cuando se interactúa con un dispositivo electrónico.

Siglo XXI

Hervé Tullet publica en 2010 Un libro y, después de siete años, ha sido traducido a más de veinte idiomas alrededor del mundo. Al principio, cuando descubrí este libro, en el 2011, me generó muchas preguntas. Me di cuenta del potencial que tenía y de lo que significaba a nivel de narración, estructura e historia. Proponía una historia sin personajes y llena de acción, en donde todo apunta a que el protagonista es el lector, quien está dirigido por una voz, o narrador, que podría ser la voz del mismo libro y que lo invita a jugar, sacudir, mezclar, soplar. En cada instrucción, las oraciones empiezan con frases positivas como “Excelente, buen trabajo, fantástico”. Además, todas las acciones son una invitación a que el juego propuesto haga parte del mundo real del lector, quien se encuentra en un tiempo y espacio determinado.

Este llamado a la acción hace de de este y otros libros con características similares una invitación a interactuar y seguir –o no– las reglas propuestas a lo largo de la lectura. En este caso, si se siguen las instrucciones, se acepta la ficción y la posibilidad de que en cada una de las acciones que lleva a cabo el lector exista una correlación con lo que sucede en la página que sigue. Sin embargo, el no interactuar también puede ser una decisión activa frente a las reglas que trae el libro y, al no participar, de todas formas, la solución está al pasar la página. Esto da como resultado una complejidad en las historias tanto visuales como textuales que tienen el fin de enganchar al lector desde la primera página para conquistarlo y que no solo lea, sino que también participe.

¿El de Tullet es realmente un libro de literatura infantil desde una mirada tradicional? ¿O es una nueva posibilidad que tiene esta tecnología –la del libro impreso– de seguir reinventándose cuando creemos que ya todo está resuelto? Sin duda, la aproximación que realizó este autor se siente más cercana a un libro de no ficción, donde se da la posibilidad del juego, la interacción entre las palabras, las ilustraciones, los colores y el mundo del lector, del que se requieren acciones como colorear sobre las ilustraciones, presionar, sacudir, girar a la izquierda, a la derecha, soplar y, al final, aplaudir. ¿Es un libro de actividades? ¿Es un libro sobre los colores? ¿Es un libro sobre conceptos? ¿Es un libro que emplea palabras de “motivación” para un lector que sabe que lo está leyendo? Muchas preguntas para una obra que ha cautivado a niños y grandes. Que se usa como ejemplo de innovación, que permite lecturas para públicos de todas las edades y grupos y, sobre todo, genera asombro, fascinación y resistencia.

Asombro, fascinación y resistencia

Este libro también me hizo cuestionarme acerca de lo que puede ser una fórmula, cuando una estructura es exitosa. Sólo en el 2016 tuve la oportunidad de encontrarme en una biblioteca pública otros tres libros que comparten las mismas características que el de Tullet, pero cada uno con su singularidad y donde el humor es uno de los ejes de la historia. ¡Otra vez! (2011), de Emily Gravett; ¡Este álbum se ha comido a mi perro! (2014), de Robert Byres, y Bunny Slopes (2016), de Claudia Rueda, me conectaron de inmediato con la experiencia de lectura que ya había sido cuestionada por Un libro.

En menos de una década, cuatro autores de diferentes nacionalidades encontraron en el libro álbum como formato una posibilidad para cuestionar y reinventar no solo cómo se lee, sino la relación que se establece con un lector del siglo XXI, que está rodeado de movimiento, diversión, estímulos visuales e interactividad que provienen de muchas fuentes. Las posibilidades que ofrecen estas obras justo en este momento de la historia tanto de la lectura como de lo que significa crecer en un ambiente de contenidos digitales permiten jugar con las reglas de lo convencional y, gracias a la ficción, explorar nuevos acercamientos con los libros.

Estos cuatro libros son tan solo un ejemplo de un mercado emergente que explora de manera original las relaciones que se pueden establecer entre diferentes tipos de tecnologías. La posibilidad que tiene un libro de retar al lector y hacerlo seguir unas reglas para aceptar la ficción y que eso que propone durante el acto de la lectura sea tan real como respirar es una apuesta sobre la innovación de una tecnología que tiene más de cuatrocientos años y que en sí misma fue parte de toda una revolución del conocimiento.

Algo similar sucede con los dispositivos digitales, los contenidos y las relaciones que se generan entre ellos y su audiencia. En ambas situaciones, se requiere de un actor que activa la interacción entre el objeto y la acción o propósito. Sin embargo, mientras en un dispositivo digital con la acción se llega a un efecto inmediato –presionar, digitar para que aparezca o desaparezca un elemento–, en el caso de estos libros la ficción reta a la imaginación. Los lectores en estas historias son reconocidos y apelados desde la primera página, y desde el lenguaje son invitados a participar e identificarse, ya sea con las acciones o los personajes que hacen parte de la historia.

En Un libro, desde la primera página la historia parece un juego, hay una invitación a interactuar coloreando los puntos, presionando para que se multipliquen, sacudiendo el libro para organizar o desorganizar. Hay un ritmo y un crescendo que enganchan al lector sin importar la edad, en esta narrativa que parece ir contra de cualquier historia tradicional. El cierre es con aplausos que contagian a todos sus lectores, y constantemente se ponen en cuestión nuestros supuestos frente a las historias que conocemos. Es una posibilidad de pensar la lectura y el libro desde otra mirada. En otras palabras, es la poética de lo que es un libro.

¡Otra vez! explora de manera aparentemente inocente el momento de irse a dormir y la lectura. Un dragón adulto lee el libro favorito de su pequeño dragón, quien sabe de la existencia del lector y, a su vez, se lo hace saber en la segunda página guiñándole un ojo. La cuarta pared ha caído desde el principio (desde la realidad del libro se reconoce la existencia de un lector que está por fuera de él y que lo lee) y lo que tenemos es una puesta en escena, en donde compartimos con los personajes la lectura familiar de un libro. El libro que leen los personajes aparece detrás de ellos y, junto con ellos, podemos seguir la historia que el padre o la madre y el hijo leen, la de Cedric el dragón. Sin embargo, la página nunca cambia, el pequeño dragón quiere leer la historia de nuevo, muchas veces, y cada vez que el adulto lo intenta, con mucho sueño, su voz modifica la historia, lo que hace que el pequeño se enfurezca. En este caso, la oralidad y la voz del adulto entran activamente y desordenan la historia que está escrita, mientras los colores y las emociones también modifican al pequeño dragón y a Cedric, el personaje del cuento que leen los protagonistas. En su furia, el pequeño sacude el libro y todos sus personajes son revolcados. La interactividad sucede en un nivel interno de la narración, y es la metaficción la que establece todo el eje de la historia.

En ¡Este álbum se ha comido a mi perro!, el autor parte de la exploración y de darle vida al libro mismo. Aquí, el libro es un personaje, y desde el título se anuncia que ha cometido un desatino. A lo largo de la historia, aparece un narrador que nos cuenta acerca de Bella, la dueña del perro. Durante la narración, el perro no puede pasear porque el libro se lo comió. Desde la ficción, este libro reta al lector a considerar la posibilidad de la existencia de una “barriga” a donde van todos los personajes que se atreven a cruzar de la página izquierda a la derecha. Varios vienen al rescate y así mismo desaparecen, lo que obliga a Bella a investigar. A través de una carta con instrucciones, se le pide al lector a hacer su parte para liberar a los personajes de este libro. El humor, la metaficción, la consciencia del lector hacen de esta lectura una posibilidad para explorar los límites y posibilidades que tiene un libro.

En Bunny Slopes, nuestro conejo protagonista está en su día de esquí, pero no hay nieve, así que invita al lector a presionar varias veces para poder deslizarse y caer. Ahora, para esquiar hay que coger impulso, saltar, avanzar, y para cada una de estas acciones, se anima a quien lee a tomar parte para que suceda. No siempre todo sale bien, hay contratiempos y accidentes y, sobre todo, se propone una experiencia divertida para el lector enfocada en la relación entre el lenguaje, el movimiento, la interacción y la atención. Desde principio a fin, este libro señala la existencia del lector y su rol para que la acción ocurra.

Estas son cuatro historias que tan solo son un ejemplo de una tendencia que sigue creciendo en el mercado del libro infantil. Por supuesto, hay que estar atentos como lectores a la calidad de las historias desde el punto de vista de la narración y la ilustración, para no dejarnos obnubilar por el juego, los movimientos y las actividades. Son cuatro posibilidades de innovación en cómo se cuentan las historias, de qué manera reinventamos la relación con el libro y cómo hacemos que resulte más atractivo para nuestros lectores del siglo XXI. Esto hasta ahora comienza, y ya el tiempo y la recepción de los lectores dirán qué tan lejos podrá llegar esta exploración e interacción entre formatos, tecnologías y narrativas.